martes 16 de diciembre de 2008

Diatriba humanista

en memoria de Hernando Valencia y de Hans Ungar


And when some lines of yours have set another’s mouth to moving,
making that sense with those sounds: is that not better than a kiss?
“The Habitations of The Word”, William H. Gass (1)

Me duele aun el muñón cada vez que paso frente a lo que fue la Librería Aldina, en la 70 con 7, o por la Jiménez con octava (Buchholz), o por el parque Santander (donde quedaba la enormísima y maravillosa Central, que también tenía discos, como Buchholz). Ha desaparecido también la Casa del Libro, donde el antipatiquísimo Rajul le quitaba a uno hasta la plata de los cigarrillos a cambio de unos abominables tomos de Porrúa (no quiero sonar desagradecida, pero ay) y muchos de Gredos que aun cuento entre mis tesoros (no los azules de tapa dura que ahora se consiguen en Lerner sino los de cartulinas marfileñas con tipografía roja que soportaban mal el abuso de los estudiantes); han desaparecido también la librería Mundial y la Tercer Mundo, en la 16, a uno y otro lado de la séptima, y la Librería del Seminario, a espaldas de la Catedral, donde se conseguían los libros de la BAC (y cómo suena de inútil ese dato hoy, cuando es tarea de titanes conseguir un ejemplar de la Biblia en la traducción de Reina-Valera); eso sin mencionar librerías no por espurias menos amadas, como La Gaviota, donde Gustavo Londoño —que me enseñó a amar La Celestina— se empeñaba en vender solo poesía, con la misma obcecación con la que se empeñó en poner a Shakespeare en escena y otras quijotadas por el estilo, o la librería de la Galería Marta Traba, un local grande y bien iluminado en la caracas con 63 donde en mi infancia leí sin interrupciones Tarzán y las aventuras de Kasperle y El libro de la selva; o las más modestas librerías de barrio, como El Lago, o La Oveja Negra de Los Andes (donde Ricardo Arango nos vendía fiados a Horkheimer y a Cortázar), o la Contemporánea, un local chiquitico donde cabía una cantidad increíble de libros bajo la protección de la gentil Alicia, o las librerías de viejo que había en Santa Bárbara y que yo no conocí pero que Umaña llora (2). Hubo una época en la que intelectuales de ingresos muchísimo más modestos que los de Nicolás Gómez Dávila pudieron hacerse a una biblioteca importante con libros en inglés, o en alemán, o en francés, tarea imposible e impensable en la Bogotá de hoy.
En su deliciosa autobiografía, Hobsbawm asegura que la mayoría de los latinoamericanos de hoy—incluso los más pobres—pensaría que su vida es mejor que la de sus abuelos. Dudo mucho que piensen que su vida es mejor que la de sus padres: la evidencia es demasiado contundente. En el número 60 de la revista ECO, Hernando Valencia escribió lo siguiente:

Me parece obvio que dicho talante, esa mezcla de indiferencia, de hastío y de sectarismo, es apenas expresión de las circunstancias políticas—es decir, económicas, sociales y hasta electorales—que prevalecen en el país. [...] Ahora bien, Eco no puede, y no quiere tampoco, seguir paso a paso las manifestaciones de estos conflictos [...]. Tal cosa sería ajena a la índole de la revista; sería extraña a su propia esencia, pues ésta consiste en la certidumbre de que la idea y su expresión constituyen un todo, una unidad cuyo recinto mejor—el libro, la cátedra, las publicaciones periódicas como Eco—no se identifica con la urgencia, por lo demás generalmente ilusoria de la polémica cotidiana.

Más de cuarenta años después, la indiferencia, el hastío y el sectarismo siguen prevaleciendo en el país; en cambio Eco ya no existe (Hernando Valencia tampoco) y el pensamiento inteligente muere de anoxia, aplastado por la urgencia cada vez más ilusoria de la polémica cotidiana y por el anacronismo y el provincianismo que la sostienen: ¿de que otra manera interpretar la propuesta del presidente Uribe de llevar libros a los rincones más apartados del país, seguida de la aclaración de que por libros se refiere a manuales para campesinos? La poesía tampoco disminuye la pobreza, lo sabemos, pero “es el único seguro disponible contra la vulgaridad del corazón humano” (3).
Hace un tiempo le presenté a un profesor universitario un programa para un curso de crítica literaria y él, después de mirar la bibliografía, me comentó con el desprecio propio de los profesores universitarios que ya nadie leía a Hernando Valencia. Eso es evidente para cualquiera que se pasee por las aulas de hoy, donde se dictan seminarios sobre la obra de Jairo Aníbal Niño y los estudiantes presentan ensayos-rizoma a guisa de trabajo final. Si leyeran a Hernando Valencia quizás sabrían que las ideas y su expresión constituyen un todo, una unidad cuyo recinto mejor es el libro, la cátedra, las publicaciones periódicas. Y quizás podrían escribir un ensayo. Y quizás entenderían que a los libros, como a las personas, hay que tomarlos en serio. Y quizás, después de todo eso, sabrían que ese temible e incompleto inventario del primer párrafo es una descripción pavorosa de los ladrillos que, uno por uno, hemos puesto o hemos permitido que otros pongan para construir esta cárcel que nos encierra y nos aísla y nos condena a oír el resto de nuestros días la “algarabía y la vociferación que han suplantado a la palabra”.


NOTAS

(1) “Y cuando unos cuantas líneas que uno ha escrito impulsan a la boca de otro a moverse, dándoles sentido con esos sonidos, ¿no es eso mejor que un beso?” (“Los recintos de la palabra”).
( 2) Nos queda Lerner, por supuesto, en el centro y en la 92, donde Alba se ha empeñado en adoptar a todos los huérfanos de la ciudad.
(3) Eric Hobsbawm, Años interesantes. Una vida en el siglo XX. Buenos Aires: Crítica, 2003. Es un libro que hay que leer, sobre todo si a uno lo está matando la nostalgia de una época en la que se podía pensar en “un movimiento para toda la humanidad y no para un sector en concreto de ella [que] representaba el ideal de superar el egoísmo, individual y colectivo” (pág. 133).
(4) Joseph Brodsky, “An Immodest Proposal,” On Grief and Reason. Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 1995.

1 comentarios:

Camilo Jiménez dijo...

Arrancó también muy bien surtida y mejor atendida por libreros sensibles la librería del Centro Cultural Gabriel García Márquez, en el centro. Pero, ay, qué pocas van quedando...