domingo 6 de diciembre de 2009

La muerte me da*

Solemos  hablar de literatura desde la literatura, desde la complicidad de un texto compartido y unos códigos comunes para descifrarlo. Extendemos al otro esta complicidad que nace en el texto y fabricamos una hermandad basada en lo que creemos que sabemos del otro a partir del texto común, de las emociones que este suscitó.
Pero en La muerte me da, la novela que hoy nos reúne, no hay lugar para la complicidad porque las primeras páginas —esas primeras páginas que son el fundamento de la relación que el lector crea con el texto— son un puñetazo en la boca del estómago que nos deja sin aire para decir, sin aire para explicar, sin aire para salir corriendo a contar nuestro hallazgo. No podemos hacer otra cosa que caer de rodillas, como la voz que nos habla desde la página, la voz de una mujer que corre para huir pero también para encontrarse. "Las rodillas cedieron al peso del cuerpo y el vaho de la respiración entrecortada me nubló la vista", dice la voz, y así nos sentimos los lectores. Al final de ese brevísimo primer capítulo la voz de la página se ha convertido en la Informante, y nosotros, inevitablemente, en el Espectador.

Solemos hablar de literatura desde la literatura, decía, y ello supone el acatamiento de unas normas, la aceptación de los rituales conocidos y de los intuidos, la sumisión a la promesa del deseo, al juego, al acercamiento. Pero este texto se resiste con violencia al reconocimiento fácil y a la clasificación; se niega a los rituales, se niega al juego.
O al menos se niega a seducirnos con los rituales que conocemos: no es fácil intimar con él.
Ya nos había hablado Auden de la intimidad que provoca la poesía, de la necesidad que tiene el lenguaje poético de un lector que reaccione a las palabras escritas por el poeta. Rivera Garza crea esta intimidad de un plumazo, pero el mundo al cual nos traslada no es el mundo recogido y sereno de la intimidad amorosa; es más bien el mundo brutal de la intimidad sexual anónima, ese oxímoron que define con tanta precisión las relaciones en el mundo contemporáneo. La intimidad que nos ofrece no es la intimidad edulcorada o cautelosa a la que nos ha acostumbrado cierto tipo de literatura. Es la brutal intimidad del deseo sin disfraces, de la temible exposición, del terror de aceptar el verdadero reto del amor (o de la escritura): "Morir en el exceso de la mirada", dice el texto, "morir frente a ti abierta". Y también dice, con las palabras de Alejandra Pizarnik,

Recibe este rostro mío, mudo, mendigo
Recibe este amor que te pido
Recibe lo que hay en mí que eres tú

Este el reto que Cristina Rivera Garza nos propone desde la primera página, un espacio en el que no hay lugar para la familiaridad de los nombres: hay una Informante, una Detective, la Periodista de la Nota Roja, un cadáver mutilado —el cuerpo de un hombre muerto y castrado—y después otro cuerpo, y otro, y otro; y una pesquisa, por supuesto.
Porque esta novela es un thriller, uno que se sirve de las convenciones del género para explorar dos de las condiciones más perturbadoras de la literatura: la indagación y el suspenso.
Dice Harold Bloom en Poesía y represión: "Los poetas fuertes se presentan como aquellos que buscan la verdad en el mundo, rastreando en la realidad y en la tradición; pero semejante actitud, como dijo Nietzsche, permanece bajo el imperio del deseo..." Y aclara: "Lo que el poeta fuerte quiere no es la verdad, sino el placer; quiere aquello que Nietszche llamó 'la creencia en la verdad y los efectos placenteros de esa creencia'."
La muerte me da —toda la gran literatura— es indagación, pero es una indagación que se basta a sí misma, que en realidad no exige respuestas, que encuentra su placer en el proceso mismo de la búsqueda, en la suspensión de la cotidianeidad mientras dure la búsqueda.
La gran tradición de la novela negra nos enseñó que las soluciones solo encubren el dolor pero no lo mitigan, porque el dolor no nace de la muerte sino de la incapacidad de relacionarse, que se extiende pavorosa e insoportablemente con la muerte. La muerte me da es un libro doblemente atravesado por este dolor, por esta imposibilidad, porque simultáneamente sondea la frustración de la comunicación literaria:
"Algunos dirán que esto es la poesía", intenta explicar la Detective. "Una colección de líneas rotas. Una colección de ilegibles, tachaduras, corchetes." "Nada está oculto, Cristina", dice por otra parte uno de los mensajes que la Informante recibe en el curso de la indagación: "Los signos van abiertos. La frase va abierta. Todo está roto. Partido en dos. En tres. Desmembrado. El cuerpo. El texto." Y la ruptura alcanza a todos los que anhelan participar de la intimidad: "El que analiza, asesina. El que lee con cuidado, descuartiza. Todos matamos" [88].
¿Cómo construir algo, entonces, a partir de esta desolación?
A guisa de explicación, La muerte me da se abre y se cierra con una cita en tono académico: "La castración le permite al sujeto tomar a los otros como otro en lugar de como lo mismo".  Hay muchas otras voces en el texto; en particular, la voz de Alejandra Pizarnik, a la cual se ensartan los cuerpos mutilados. La voz ríspida de Pizarnik, su obsesión con la muerte y con el sexo, armonizan con la acción policial. Pero sobre todo, abren una tercera indagación paralela: la de la creación en prosa como construcción de un refugio. En el ensayo que ocupa la sección cuarta del libro se dice lo siguiente: "Anhelaba... un libro intenso que la mantuviera, por horas, días enteros, años de ser posible, construyendo su propia morada. Un libro en prosa que no fuera una novela sino una casa."  Rivera Garza suma a las suyas las palabras de Pizarnik: "Yo quiero un refugio. El refugio es una obra en forma de morada. ¿Acaso no lo es este diario?" [199]. Y concluye: "Alejandra Pizarnik convirtió el relato ajeno en una especie de refugio, una estructura y una anécdota libres de su propio sí que, sin embargo, o acaso precisamente por eso, podría acogerla." [188]
Escribir es tachar y mutilar, pero no escribir es estar condenado a la mudez y a la improductividad, a la inmovilidad obsesiva. Nos libramos de nosotros mismos (y a esto precisamente alude la castración simbólica) cuando corremos y cuando escribimos, en busca de un cierto ritmo, de la respiración automática, sin angustia;  y si logramos "estar un poco fuera de uno. Fuera de sí", podremos también escuchar. La frustración de la prosa, siempre inacabada, siempre incompleta, paradójicamente nos permite buscar un sentido, nos permite vivir mientras no dejemos de correr, mientras sepamos que las historias no acaban.

Espero haber explicado con estas palabras la feliz decisión del jurado de dar el premio Sor Juana Inés de la Cruz este año a La muerte me da, de Cristina Rivera Garza, una novela soberbia, retadora y osada, cualidades urgentes y escasas en estos tiempos de extremado facilismo literario.
 A la escritora, mis profundos agradecimientos. Y a la FIL, mi afecto, que es el de los miles que nos encontramos aquí cada año para renovar nuestros votos por la insistencia en el poder de la palabra.

* Leído en la entrega del Sor Juana Inés de la Cruz 2010 a La muerte me da, de Cristina Rivera Garza (Tusquets, 2008).