What's in a name? That which we call a rose
By any other name would smell as sweet.
William Shakespeare
Romeo and Juliet (II, 1)
By any other name would smell as sweet.
William Shakespeare
Romeo and Juliet (II, 1)
En la segunda parte de Versiones de mi vida (autobiografía con mentiras, o novela autobiográfica: como prefieran) se justifica la existencia de este libro por el imperativo de eximir de peligro a un escritor: el escritor es Darío Jaramillo y el autor de Versiones, Pedro-Juan Valencia, teme por su integridad porque la farándula cultural colombiana le ha endilgado la autoría de su primera novela, Eclipse de cuerpo. Y es que Pedro-Juan Valencia es un hombre perseguido, aunque no se sabe bien por quién: puede ser su padrastro, puede ser algunos de los grupos institucionalizados que en Colombia "practican profesionalmente el secuestro". La amenaza está de alguna manera relacionada con el secuestro de su padrastro por parte de estos grupos, y con una oscura operación financiera en la que la madre del autor se hizo a una gruesa suma perteneciente a su marido.
Pedro-Juan Valencia es uno más de los tres millones de colombianos de todas las proveniencias que han huido de su tierra, aunque es uno de los pocos privilegiados que no suman las penurias económicas a las penurias del destierro. Y la violencia que campea en Colombia no es la causa única de su desarraigo, originado en una infancia en manos de una madre adolescente y melancólica y afianzado en los años siguientes por el desamor de su padrastro, que se traduce en un internado en Suiza al terminar la primaria, otro internado, en Delaware, para terminar el colegio y la carrera de literatura en Londres: "leer era lo que más me había gustado de ... mis colegios para vagos".
Cuando, al cabo del primer año, un profesor le ofrece por azar un trabajo de copista de las grandes obras de la literatura universal, se completa el ciclo de formación del escritor, "las razones y sinrazones íntimas" que explican sus decisiones literarias. A partir de este momento, su vida transcurrirá en los términos escogidos hasta ahora: en la trashumancia (tanto por obligación como por decisión), entre las fronteras trazadas por el camino que separa a un amigo de otro, y subordinada exclusivamente a la capacidad de su autor de inventarse, "sin dar nunca coordenadas concretas de nada, ni identificar ninguna institución con datos precisos".
El autor / protagonista describe así el proceso mediante el cual se ha convertido en novelista: "En Eclipse de cuerpo, me propuse alejarme de mí". Este alejamiento es precedido por el asedio "de la necesidad de escribir", que si bien debe enfrentarse al obstáculo de "la mente en blanco", tiene claro el territorio que debe cubrir con su oficio: "Me gustan los escritores que no inventan técnicas por cuenta de la paciencia y de la candidez del lector", afirma, y los lectores atentos notarán que aplica la misma receta que aprendió en la cocina de Hans: los platos de la buena cocina no se inventan; si acaso, se le permitirá al maestro repostero agregar un ingrediente que, de funcionar, le dará carácter a su pastelería. La técnica nos remite también al oficio del protagonista, Javier, en Eclipse de cuerpo: orquestaciones, transcripciones, arreglos musicales con "un brillo que ponía Elvira".
En Versiones, Pedro-Juan Valencia confiesa que el suyo es un nombre inventado (¿estropeo la sorpresa?), confesión que los lectores debemos encajar con la explicación del comienzo de cómo su verdadero nombre es Pedro-Juan Otra-Cosa, y Valencia es el apellido de su padrastro, no de su padre (muerto antes de su nacimiento): "Tenía dos nombres, que era como no tener ninguno", afirma en alguna parte, y concluye en un momento dado: "Soy el mejor ejemplo de un don Nadie". Otro tanto le sucede a Javier, el protagonista de Eclipse de cuerpo: "Yo, que no tengo yo, no tendría por qué tener un nombre. [...] El nombre impone una identidad, unas diferencias, un lugar en el mundo", reflexiona, y esas son cosas a las que él ha renunciado. De allí que firme sus partituras como J. Meyers (un nombre encontrado en los obituarios), y los arreglos de rock, como J. Meyers Junior. "¿Tiene importancia el nombre? Sin duda, si la sustancia que designa corresponde a la palabra." Quizás por eso Javier se niega a llamar a su mujer "Nena, el mote que su padre le había puesto".
"He tenido que contar mi vida para demostrar que existo", afirma en Versiones, pero también asegura que quiere contar su vida, "pero solo como un experimento literario". Y quizás la clave del misterio (si es que el lector ha decidido aceptar la existencia de un misterio) esté en otra afirmación según la cual Eclipse de cuerpo es un homenaje al Stevenson de Jekyll y Hyde. Quizás lo sea. Pero es, sobre todo, un homenaje al Stevenson que aseguró que "Fiction is to the grown man what play is to the child". Es en realidad un homenaje a toda la literatura del siglo XIX, y lo es particularmente en su intento de reinstaurar la ética perdida del oficio, una en la cual el escritor y el lector no están inmersos en las necesidades sociales del mundo de hoy sino que son dos seres incorpóreos que se proponen un pacto: este consiste en que el autor se compromete a hacer todo lo posible para plasmar un interés humano y una apariencia de verdad en lo que imagine, y el lector se compromete a interrumpir su incredulidad, según los términos en los que Coleridge definió la fe poética en su Biographia Literaria.
***
"Si poco a poco dejas de quererme /dejaré de quererte poco a poco", digo, y soy yo quien digo, no un poeta anónimo enamorado de Matilde. Y soy yo la que amonesta a su amante, o quizás sea Neruda, que se despide así de Delia. ¿Importa? La magia de la palabra literaria es precisamente esa: lograr que se disuelvan las fronteras del yo, las paredes de un cuarto nunca suficientemente amplio o demasiado grande, los límites de un cuerpo torpe y con frío, las señas de identidad: he sido nadie para salvar la vida, y he sido Ulises y fui Homero, y soy Nausicaa. En el famoso epílogo de La tempestad, Próspero le entrega sus poderes mágicos al público (poderes mágicos que le permitieron castigar a sus enemigos y entregar a su hija al postulante elegido por él: en suma, armar una historia) y le ruega que lo libere de sus ataduras: "Let your indulgence set me free." Esa libertad es la condición necesaria para restablecer la lectura amorosa que propone Pedro-Juan Valencia, una en la que el amor y el reflejo de ese amor basten para dar vida y solidez a los participantes.
"¿Cómo la lectura se convirtió en mi ocupación predilecta? Creo que fue la confluencia de varios elementos... El primero fue mi amor al silencio, adquirido a través de su carencia", confiesa Valencia en Versiones de mi vida. Silencio... No estoy segura, le replico al autor; no es el silencio tanto como la posibilidad de acallar a los demás a voluntad, de irse sin pedir permiso, de tener, y en eso estamos de acuerdo, "un refugio favorito". Me pregunto, mientras escribo esto, con qué nombre lo apostrofé. ¿Importa? No en realidad: ese que me habita mientras leo será quien yo quiera que sea, incluida yo misma. No lo llamo por su nombre de la misma manera como no me llamo a mí misma por mi nombre, excepto a la hora de increparme; y si eso es lo que hago, es que me he distanciado de la voz, de la página o de mí misma. Ya no somos uno solo y tendré que ir a abrir la puerta, que golpea con insistencia.
Pedro-Juan Valencia, Eclipse de cuerpo. Valencia: Editorial Pre-textos, 2006.
Pedro-Juan Valencia, Versiones de mi vida. Valencia: Editorial Pre-textos, 2010.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada