No la llevamos en oscuros amuletos,
Ni escribimos arrebatados suspiros sobre ella,
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.
Anna Ajmatova
La tierra natal
No perturba nuestro amargo sueño,
Ni nos parece el paraíso prometido.
En nuestra alma no la convertimos
En objeto que se compra o se vende.
Por ella, enfermos, indigentes, errantes
Ni siquiera la recordamos.
Anna Ajmatova
La tierra natal
1950
En los textos escolares había muertes gloriosas, y eran ellas las que poblaban este campo incongruentemente verde por cuyas lomas deliciosas uno se podía dejar rodar, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas estiradas y tiesas, en perfecta imitación del lápiz que rodaba una y otra vez por la tapa del pupitre mientras la maestra recitaba la plana mayor de héroes y mártires, los pilares de esta nación: José Antonio Galán, Policarpa Salavarrieta, Atanasio Girardot, Ricaurte; fusilados, ahorcados, descuartizados, pulverizados, lanceados.
En los textos escolares, el mundo empezaba en un campo de batalla. Hacia atrás no había gran cosa: no había un Dante que hubiese inventado la lengua, ni un Bach que hubiese reinventado la música. Los americanos estábamos desnudos y nos dieron vestiduras; estábamos hambrientos, y nos dieron pan; estábamos silenciosos y nos dieron la lengua. Y contra los portadores de esos dones nos habíamos rebelado:
Sin patria, sin derecho, esclavos degradados,
tres siglos de ignominia y amarga humillación,
vivieron nuestros padres al yugo infame atados,
inermes soportando la bárbara opresión [3].
Despojados del pasado, no nos queda más remedio que recurrir al odioso presente histórico para seguir escarbando la herida y mantener vivo el dolor, congelado para la posteridad en los versos de Miguel Antonio Caro:
¡Patria! te adoro en mi silencio mudo,
y temo profanar tu nombre santo.
Por ti he gozado y padecido tanto
cuanto lengua mortal decir no pudo [5].
Próceres y mártires y padres de la patria: la prosa sonora del salón de clase nos enseñó que la muerte era deseable y que ella, generosa, acogería tantos cadáveres como fueran necesarios para que las burbujas de la emoción patria no languidecieran jamás.
1970
En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. [...] En nombre de los más sagrados intereses del pueblo, en nombre de la Patria, los llamo a ustedes para decirles que tengan fe. La historia no se detiene ni con la represión ni con el crimen. Esta es una etapa que será superada. Este es un momento duro y difícil: es posible que nos aplasten. Pero el mañana será del pueblo, será de los trabajadores. La humanidad avanza para la conquista de una vida mejor. Pagaré con mi vida la defensa de los principios que son caros a esta Patria [6]. Hace frío en el puente de Boyacá, y ni siquiera las ruanas más gruesas lo apaciguan. Las ruanas —cruce de manta indígena y sayo español— no nos defienden del hielo que se levanta del abismo a nuestras espaldas: sin pasado, no tenemos dónde refugiarnos, ni un techo bajo el cual empezar a idear y a construir las ciudades de nuestra civilización. Así que nos dedicamos a los panteones —tenemos derecho a los cementerios porque tenemos mártires— y hacemos discursos con la prosa soflamada de la izquierda, que nos señala el mismo camino que nos señalaron nuestros libertadores: el camino de la muerte.
Huele a chivo porque llovizna y así huele la lana mojada. La niebla cubre los preciosos campos de Boyacá y no tenemos más remedio que refugiarnos bajo la piedra inmensa que copia el gesto de los héroes a la carga pero que apenas nos protege.
1990
Cumplimos el ritual de llevar a los niños al puente de Boyacá, agobiados por la certeza de no haber podido construir para ellos una vida mejor: cada uno de estos niños tiene un hilito que lo amarra a nuestros ojos y eso es lo único que puede preservarlos de todo mal. Ya no podemos contarles de los moradores de nuestros cementerios, así fuera por la sencilla razón de que ya ni siquiera conocemos sus nombres: podríamos hablar del magistrado Reyes Echandía, que suplicó al presidente Belisario Betancur que detuviera el fuego en el Palacio de Justicia; o de Jaime Pardo Leal; o de Luis Carlos Galán. Pero lo único que logramos evocar es el silencio enceguecedor en el centro vacío de una ciudad que vela a sus muertos, ojo de un huracán que habría de barrernos a todos en los veinte años siguientes... ¿Cuándo dejaron de tener nombre y apellido? ¿Cuándo empezaron a ser tantos que ya no era posible contarlos, ni velarlos, ni llorarlos? Cuándo empezó a clamar el Magdalena, Mi ameno cauce está ya lleno de cadáveres, / no puedo verter en el límpido mar por ningún sitio mi curso, / obstruido de cuerpos, y tú continúas tu destructiva matanza. / ¡Déjame de una vez! El horror me embarga... [8]
La patria, amores míos, es piedra entre los dientes [9]; nuestros padres, quienes quiera que hayan sido, están muertos; nosotros, todavía no.
2010
Señor: El Oidor Subdecano de Vuestra Real Audiencia de Santafé aunque poseído del mayor sentimiento se ve precisado a comunicar a Vuestra Majestad su traslación y la de los demás ministros de esta plaza por el desgraciado acontecimiento con la Tercera División de Ejército Expedicionario que el día 7 de agosto fue sorprendida en el Puente de Boyacá por el rebelde Bolívar con una fuerza como de 4.000 hombre, muchos de ellos ingleses y negros de Santo Domingo con la ventaja de haber tenido tiempo para colocarse y tomar posición porque la neblina o lo falso del espionaje que servía al Comandante General Barreiro le impidieron tener conocimiento de cuándo levantaba su campamento, hasta después de haber emprendido su marcha. Fatigada vuestra División Real para poderle dar alcance cuando lo consiguió, el enemigo la esperaba en un lugar escabroso donde no pudiera desplegarse ni operar la caballería tomando ventajosa posición en las alturas que dominaban el terreno, y temerosa acaso por lo indefenso del punto, se esparció en ella la confusión, y antes, Señor, de veinte minutos, se puso en dispersión, quedando prisioneros el Comandante General Barreiro y su segundo Jiménez, sin que hubiese habido mortandad porque puede decirse que no hubo batalla [10].El puente de Boyacá atraviesa el río Teatinos, un río angosto, casi un riachuelo, que sin embargo baja crecido, bullicioso, como si ya se sintiera el río grande de la Magdalena. Llueve y hace sol, y los verdes del paisaje se multiplican bajo los parches de luz y de sombra. La ladera abigarrada de chusques se inclina burlona ante el río. Arriba, a la izquierda, un falso cipres despelucado juega a hacerle sombra a una casita de dos ventanas y una puerta, como las primeras que aprendimos a dibujar. Al frente, un inmenso tibar suple la vegetación sepultada bajo la piedra recién instalada que rodea el puentecito y que lo hace ver aun más insignificante. Detrás, un grupo de adolescentes disfrazados de soldados españoles y portando bayonetas pone en escena una parodia que solo ellos entienden y que incluye soldados y soldadas y risas. Otros recogen carretones florecidos y dientes de leon y se los ofrecen los unos a los otros.
Hay tanta vida a nuestro aldrededor que el único padre de la patria que se podría evocar sería a José Celestino Mutis, para que nos ayudara a recordar los nombres de cada árbol, de cada matorral, de cada ave que puebla el puente de Boyacá, ignorantes de la muerte. Y este campo de batalla ya no lo sería más y se convertiría en un jardín desafiante[11] frente a una casa, y detrás, una huerta, y en los alrededores de esa casa, un pueblo, una ciudad, un país con el pasado común a todos los seres humanos.
Fotografías de Carolina Valencia
Notas
[1] Francisco Antonio Vélez Ladrón de Guevara, Entrada del virrey Manuel Antonio Flórez y Maldonado a Santa Fe de Bogotá. Los poemas de poetas colombianos fueron tomados de Charry Lara, Fernando, Antología de la poesía colombiana.
[2] Manuel Isaac Ribón Morón, Himno de Mompox.
[3] Antología de poesía colombiana.
[4] Texto de la placa que acompaña el monumento al Libertador Simón Bolívar en el puente de Boyacá.
[5] Miguel Antonio Caro, Patria.
[6] Salvador Allende, Santiago de Chile, 11 de septiembre de 1973.
[7] Siegfried Sassoon, Remorse.
[8] Ilíada.
[9] Anna Ajmátova, La tierra natal.
[10] La batalla de Boyacá relatada por el licenciado Gabriel García Vallecillos, oidor subdecano de la Real Audiencia de Santafé, en comunicación al Rey.
[11] Kenneth Helphand, conferencia dictada en la Biblioteca Luis Ángel Arango de Bogotá en septiembre de 2008.
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