La cruzada de los niños es un libro ilustrado por Carme Solé a partir de una canción de Bertolt Brecht incluida entre las narraciones y poemas reunidos en Cuentos de almanaque. La historia habla de un grupo de cincuenta niños que huye de Polonia después de la invasión del 39 y que desaparecen en el antiguo sudeste polaco "bajo un remolino de nieve". El poema de Brecht recuerda a su vez la terrible historia de la cruzada de los niños, mitad leyenda, mitad historia, que habla de 20 mil niños que emprendieron el camino a Tierra Santa en el siglo 13; algunos de ellos murieron en la travesía cuando los barcos en los que iban se hundieron, otros fueron vendidos como esclavos al llegar a Alejandría. No es un libro alegre, y mientras lo leía pensaba en la censura, abierta o encubierta, que sigue vigente en la circulación de libros para niños con la excusa de no exponerlos tempranamente a la violencia, o al sexo, o a la muerte.
Los niños —al menos los niños colombianos— están expuestos desde muy temprano a la violencia, al sexo y a la muerte gracias a los noticieros, a los videos que acompañan las canciones de moda, a los video juegos, y a la publicidad, por supuesto.
Evitar que un niño lea Caperucita roja porque en el cuento el lobo se come a la abuelita es un acto idéntico a la proverbial venta del sofá, e igualmente inútil. Pero los adultos siguen censurando los libros infantiles por la razón más evidente: porque pueden. En cambio los medios masivos de comunicación no son tan fáciles de controlar (para no hablar de las redes sociales). No solo los padres y los maestros censuran los libros que leen los jóvenes. En Nueva Zelanda, por ejemplo, la Unidad de Obediencia a la Censura y la Oficina de Clasificación de libros y películas, activas desde el siglo 19, cuentan una lista de más de mil títulos que no pueden circular en el país. El caso no es excepcional: el index librorum prohibitorum, nombre de la lista de libros prohibidos por la Iglesia Católica, aumentó sin cesar desde su creación a finales del siglo 16 hasta 1961. Y los hábitos mueren con más dificultad que las normas.
Así que el tema está vivo —como tantos otros que ya hemos clausurado— y estamos muy lejos de tener respuestas. Pero seguir abierto a las preguntas es un buen comienzo, más eficiente que una lista de prohibiciones.
Los libros, 95.9 fm, 2 de octubre
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