El mundo está lleno de facilitadores: los hay para ayudarnos a enfrentar los impuestos, a pagar las multas, a parir los hijos, a comprar una casa. En algunos países, los facilitadores son indispensables a la hora de conseguir un pasaporte o una visa. En el área cultural, los facilitadores deben iluminar lo que no vemos, mostrarnos lo que pasamos por alto, o sencillamente darnos la mano a la hora de adentrarnos por caminos desconocidos, intimidantes. Eso a pesar de que en algunas áreas del arte y la cultura los facilitadores se dan aires de sabios con acceso a secretos inaccesibles para el resto de los despreciables mortales.
Pero lo que la mayoría de los mortales busca en la crítica es un facilitador, una guía, una señal que nos ayude a encontrar el camino en una selva impenetrable de textos, de sonidos, de imágenes. Es exactamente eso lo que buscan los lectores de libros en las reseñas.
¿Quién escribe reseñas? Todo el mundo. Los encargados de llenar las páginas virtuales o impresas de los medios de comunicación consideran que una reseña es un trabajo que se puede encargar a cualquiera que haya leído un libro. En cierto modo tienen razón: cualquiera que sea capaz de leer un libro, es capaz de opinar sobre lo que ha leído. Pero el individualismo trivial aplicado a la crítica suele toparse con el obstáculo de que los lectores son selectivos a la hora de leer reseñas y no están interesados en la opinión de cualquiera.
¿Cómo deciden los lectores? A veces el medio que imprime las reseñas les sirve de aval, a veces están familiarizados con el crítico que las escribe (o las pronuncia en televisión, como Oprah) y confían en su criterio. Suele suceder que la combinación de ambos les resulta convincente.
Uno de los más graves impedimentos para crecer que tiene la crítica en países como el nuestro es que a los medios consagrados les basta con su propia reputación y no dan a los críticos jóvenes el espacio para crecer y atraer lectores --y es que el criterio debe ser constantemente cuestionado, puesto a prueba. Los críticos más jóvenes se ven obligados a optar por medios menos tradicionales (los blogs, por ejemplo), y ese camino es mucho más difícil. Sucede también que los medios con mayor circulación ignoran el tema de los libros, o le dan muy poca importancia y muy poco espacio.
Un último obstáculo para la creación de vínculos entre los lectores y los críticos es que a veces estos se empeñan en peleas feroces con otros críticos, o con los escritores, o con los dueños de los medios, y olvidan quién es su lector natural, a quien aburren estas discusiones (como cuando la pareja de la mesa de al lado en el restaurante se empeña en una pelea conyugal en voz alta). Ocasionalmente, un escritor protesta públicamente por la crítica que recibió su libro. Los escritores tienen razón en sentirse molestos: la mayoría deja la piel en el intento de publicar una novela o un ensayo. Pero no tienen razón cuando descalifican la crítica en el proceso de lamerse las heridas: en últimas, la única función de la crítica es allanarles el camino. Es malo que hablen mal de uno. Es más grave que no hablen.
Los libros, 95.9 fm, 23 de octubre
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