viernes 4 de noviembre de 2011

El arte de no saber llegar


Homenaje de la Secretaría de Cultura e Idartes a Silvia Castrillón
Noviembre 4 de 2011
 
Words step outside of their borders all the time; and once they are in new territory, they rarely follow the rules that bound them in their original context.


La literatura infantil es uno de esos inventos que nos genera enorme ambigüedad: por un lado nos produce un gran placer ver a los demás paladeando nuestro plato favorito, alimentando nuestra vanidosa necesidad de reconocimiento. Por el otro lado, debemos admitir que hay en nosotros una resistencia esencial a las clasificaciones. Estas a veces cumplen la función de permitirnos empaquetar y dejar atrás asuntos que siempre deben estar delante, incomodándonos, estorbándonos. La literatura infantil es uno de esos asuntos: y más que la literatura infantil, el mapa conceptual que se despliega a partir de este centro y que contiene expresiones como lectura, promoción, bibliotecas, libros, literatura, literatura canónica, derechos ciudadanos.
En este contexto conocí a Silvia Castrillón, y en este contexto me la he topado desde entonces. Su nombre está inevitablemente asociado hoy a las muchísimas instituciones que se ocupan directa o indirectamente del tema: ACLIJ,  Fundalectura, Asolectura, Ibby, Unesco OEA, OEI, SECAB, CERLALC. Como pionera, como fundadora, como asesora, como conferencista, como gestora. Este homenaje de hoy está más que justificado desde este punto de vista.
Pero no es su trayecto institucional el que me interesa resaltar hoy. Silvia Castrillón tiene claro que las instituciones, necesariamente autocomplacientes, domestican al intelectual, lo obligan a prescindir de sus dientes, a aceptar los paradigmas y respetar los límites. Lo dice de forma más clara y directa el trino reciente del bloguero Javier Moreno: "La gente que se cree buena es usualmente malísima. Nada más peligroso que la moral autocomplaciente." Silvia se las ha arreglado para seguir siendo una intelectual incómoda a pesar de las siglas. A pesar de los homenajes.
Quisiera más bien resaltar una trayectoria intelectual que empieza a adquirir  notoriedad con el tema de la lectura infantil. Castrillón, y unos pocos más como ella, son los responsables de que el libro y la lectura hayan aparecido en el panorama latinoamericano, hasta el punto de que hoy nadie se atrevería a poner en duda la relevancia del tema. Nadie excepto Silvia, quien afirmó hace poco:

No creo que la lectura, ella sola, permita el desarrollo económico y social. [...] Dicho de manera más directa: solo cuando la lectura constituya una necesidad sentida por grandes sectores de la población, y esta población considere que la lectura puede ser un instrumento para su beneficio y sea de su interés apropiarse de ella, podemos pensar en una democratización de la cultura escrita.

En las décadas de 1970 y 1980, Silvia Castrillón fue una de las fuerzas que obligó a los editores literarios a asumir su responsabilidad en el tema de la lectura, y gracias a su empeño estos empezaron a pensar en serio en la escuela y en los maestros, y sobre todo en los niños, como consumidores potenciales. Pero cuando el tema de la promoción de la lectura parecía estar cómodamente instalado en la vida cotidiana y en los discursos de los políticos, alertó sobre el hecho de que el loable interés del sector privado en ampliar el mercado del libro producía lectores acríticos, consumidores de libros interesados en "el placer, lo lúdico y lo recreativo" y no lectores convencidos de que la lectura "puede ser un medio para mejorar las posibilidades de ser, de estar, y de actuar en el mundo".
La inversión en proyectos de promoción de lectura no tiene ningún sentido cuando el resultado es el posicionamiento de  la lectura como esparcimiento intrascendente, de la literatura como entretenimiento inocuo. Leer, así no más, no es suficiente: la literatura debe proponerle retos al lector, desacomodarlo, obligarlo a reflexionar sobre lo que lee y sobre el mundo que lo rodea; la literatura, en otras palabras, es un placer difícil. Y es esta dificultad la que justifica el papel del maestro y del bibliotecario como mediadores entre el lector y el texto. En una entrevista a raíz de la primera ronda de discusiones del TLC, Silvia Castrillón decía lo siguiente:
No se están llevando a cabo en la debida forma las acciones principales para formar lectores, como son: fomentar en el sistema educativo la formación de maestros y alumnos lectores; impulsar la dotación de bibliotecas escolares; y mejorar en forma sustancial los sistemas de bibliotecas públicas para garantizar el acceso a los libros de la población en general.

La sociedad debe invertir "en un mejoramiento de la formación de los docentes. El propósito de formar lectores", continúa diciendo, "requiere maestros mejor formados, conscientes de la necesidad de cambios importantes en la estructura social de la escuela".
Pero no es solo el maestro quien tiene la obligación de fungir como mediador. Otro tanto le corresponde al bibliotecario, cabeza de "una institución formadora": la selección de libros es una actividad que involucra al mediador tanto política como éticamente. Y aquí cabría recordar que Silvia Castrillón es bibliotecaria, y que siguió esta carrera a pesar de los consejos de su padre: "Te gusta mucho leer", le decía para desalentarla; "sos buena lectora y un bibliotecario no es un buen lector". Quizás es el recuerdo del consejo de su padre el que la ha llevado a señalar las bibliotecas como responsables de varias de las lacras que acompañan la promoción de lectura, como son lo políticamente correcto (acompañante inevitable de todas las discusiones sobre la identidad y sobre la multiculturalidad) y el favorecimiento de la literatura nacional, favorecimiento que en realidad fomenta la no circulación que las industrias editoriales apoyan con tanto entusiasmo.
En realidad los mediadores son apenas una estación en este proyecto de formación de lectores que parte de la base de que los planes de promoción de lectura se han convertido cada vez más en deflectores que desvían la atención del verdadero problema: la lectura como instrumento de poder y de exclusión social. Esta formulación, que entiende con claridad que no se forma lectores en el aire, conduce a la penúltima parada en el trayecto, una en la cual la lectura es un proyecto político, de formación de ciudadanos, de lucha contra la exclusión de la cultura escrita de millones de colombianos; un proyecto cuyo propósito es, en últimas, la transformación de las relaciones asimétricas de poder. Castrillón es la primera en señalar las dificultades de renunciar a las relaciones de poder en instituciones como las escuelas y las bibliotecas, de renunciar al asistencialismo y al voluntarismo que lastran la mayor parte de los discursos sobre la lectura en nuestro país; de ignorar el facilismo de  las cifras estatales como forma de encubrir la falta de reflexión y de crítica. Pero al tiempo asegura que el suyo es un proyecto "de participación de la sociedad civil, organizada para trabajar por el derecho a la inclusión a la cultura escrita de todos los ciudadanos, es un mecanismo para el impulso de políticas públicas y proyectos sobre el tema, de vigilancia sobre su cumplimiento y sobre la inversión pública para bibliotecas y escuelas, y otras instancias que forman lectores y escritores y garantizan el acceso a la cultura escrita".
            No quisiera terminar sin señalar la aparición en los textos de los últimos años de una cuestión aparentemente inofensiva, casi como una ñapa: la escritura. Lo que empezó siendo la promoción de la literatura infantil se ha convertido en la lucha por el derecho de todos a la lectura y a la escritura; en resumidas cuentas: el derecho a la voz. Que el suyo es un trabajo más político que literario lo pone en evidencia el decreto 133 de 2006, consecuencia a su vez del trabajo colectivo de formulación de los lineamientos de política pública de fomento a la lectura. Cito aquí el decreto no porque crea ingenuamente en el poder mágico de la legislación, sino porque creo en la necesidad de poner escalones, de a uno en uno. En esta escalera al cielo, el acceso a los textos como escritor o como lector no es el final de algo sino el comienzo de otra cosa, de una conversación, de un momento compartido de perplejidad.

Al terminar El Maestro y Margarita, el diablo le concede al Maestro la tranquilidad, perdida con el ingreso al mundo de la literatura. A diferencia de Bulgakov, yo quisiera desearle a Silvia Castrillón muchas décadas más de la intranquilidad que ella nos produce constantemente. Y por la cual le estamos agradecidos.