martes 1 de noviembre de 2011

El llamado del silencio


El llamado del silencio
Helena Iriarte
Babel Libros, 2011

El tono francamente urgente que recorre Recuerdas Juana como una rasgadura por la cual se cuela la angustia desaparece en El llamado del silencio, la nueva novela de Helena Iriarte, bellamente editada por Babel. Surge, sin embargo, en la primera página, como un recordatorio:
Duró apenas un instante, pero retumbó en la mitad del pecho como si la cuerdita que me sostiene el corazón lo hubiera dejado caer y a mi alrededor se hubieran hecho añicos los vidrios de todas las ventanas, mientras una voz me llamaba con la urgencia del repicar de una campana.

El estruendo es producido por el llamado de la memoria y se disipa unos instantes después, gracias a la aparición de las palabras que lo apaciguan:
Cerré los ojos para… tratar de descifrar lo que decían las miles de palabras que aleteaban enredando fragmentos de memorias… puse las manos en el canto y esperé que cesara el estruendo y cuando se convirtió apenas en un murmullo, reconocí la voz de mi vieja amiga.

 La muerte es el detonante en ambas novelas. Pero en Recuerdas Juana la muerte es quietud, es parálisis, y el silencio que inevitablemente sigue es equivalente a la nada. En cambio  en El llamado del silencio es una convocación a la tregua que precede a la organización de las palabras (o de los sonidos, o de los colores, o de las formas), la tregua que antecede a la creación, y que anuncia la llegada del lenguaje, dispuesto a sanar la herida de la muerte.
En este sentido, El llamado del silencio recrea los orígenes de la literatura: la lucha de Orfeo para recuperar a su amada Eurídice de los brazos de la muerte, su fracaso —al mirar hacia atrás, Orfeo sucumbe a la falta de fe en su propio amor—, y después su llanto por la pérdida, que es la poesía.

La escritura aquí se ocupa exclusivamente del pasado (el presente es sombras, es puro pasar sin dejar huella). Es íntima, en voz baja y en minúsculas, porque quien narra sabe que en realidad ya no importa, que el tejido no sostendrá nada en el futuro. Su función consiste en crear la ilusión de un edificio que existió en el pasado pero que ya no existe y que las palabras apenas pueden insinuar (quizás esto explique la fascinación del  narrador con el poder de la pintura...).
En el pasado del yo que narra está el amor, el amor entre Juan y Adelaida, que es en realidad una huida de la muerte —“Estábamos convencidos de que si nos deteníamos comenzaría el fin”— y también una preparación para la ausencia:  
Cuando Juan se haya ido va a estar a tu lado siempre, pero solo podrás oírlo y sentir su cercanía si tienes fe.

De telón de fondo, una España que no se recupera tampoco de las heridas de la guerra. Vicente (el tercero indispensable en toda historia de amor) se ocupa de mantener vivas estas heridas, él sí con el firme propósito de que "a través de la palabra, su memoria, el perfil de su lucha y de su muerte, se transformarían en el más bello testimonio". Es el mismo afán que sostiene El llamado del silencio, la única elegía posible ante la certeza de que el tiempo se detuvo para siempre.