"Siempre he dicho que conocí el mar por primera vez en Barranquilla en 1920 o 21, y es mentira. Conocí el mar en el Olympia cuando trajeron la película Las rocas de Kador y su horrible crimen. Era la visión fabulosa de un mar movido, con olas que reventaban contra las rocas, una cosa imponente." Así empieza Recuerdos de los tiempos del Olympia, de Germán Arciniegas, texto con el que se abre un libro sobre el teatro publicado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano en 1992. Es un texto que evoca con ingenuidad y belleza la magia del cine, la fascinación que produjo y sigue produciendo en todos nosotros como el gran contador de historias del siglo 20.
La relación entre el cine y la literatura es tan vieja como el cine, y es, en palabras de Caballero Calderón, la historia de una gran admiración que se convierte gradualmente en desencanto, en parte por la exigencia que le hace al escritor de concebir nuevas formas de escribir.
Hoy, más de cien años después, sigue habiendo una cierta promiscuidad en este campo: críticos literarios que también fungen como críticos de cine, directores y guionistas que cruzan hacia la novela o el cuento, o contadores de cuentos que recurren indistintamente a uno u otro medio.
En Colombia, donde hacer cine ha sido tan difícil, esto es particularmente cierto: los creadores caleños de los 70 (Caicedo, Ospina, Romero) son un ejemplo contundente. Está también Hernando Valencia, crítico literario pero también agudo analista de cine; o Fernando Vallejo; o Andrés Burgos, quien nos acompañó en Los libros hace ocho días, ejemplo sobresaliente entre los creadores más jóvenes.
Tradicionalmente, el cine ha saqueado las páginas de los libros en busca de historias. Pero en las últimas décadas hemos visto cómo el cine y la televisión dejan su huella en la literatura, enriqueciéndola con sus ritmos, con sus imágenes, con sus lugares comunes.
"Un buen film tiene más eficacia positiva en la formación del gusto, en el ataque frontal contra los lugares comunes, en el estímulo de inquietudes inéditas, que todas las páginas que puedan escribirse a favor o en contra de determinado tipo de cine." Las palabras son de Valencia Goelkel y yo las tomé de un texto escrito por Hugo Chaparro sobre la revista CINE, cuyo primer número apareció en octubre de 1980.
¿Se puede compartir el corazón entre estos dos amores tan excluyentes? Es un tema sobre el cual, con un poco de suerte, no llegaremos a ninguna conclusión.
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