En Egipto y Siria hubo revueltas contra el orden político reinante; en España, los jóvenes indignados lograron protestar activa y organizadamente contra el orden (o el desorden) económico; en Nueva York, un grupo de activistas invadió el parque Zuccotti, alegando que representan el 99% de la población que ya no quiere tolerar la codicia y la corrupción del 1%: "Recurrimos a las tácticas revolucionarias de la primavera árabe", afirman, "para lograr nuestro propósito." En Chile, los estudiantes protestan masivamente para que "el Estado brinde una educación pública gratuita y de calidad, y que se prohíba el lucro en la educación privada. En Colombia, las marchas estudiantiles sistemáticas e incesantes lograron detener la reforma educativa planteada por el gobierno de Santos.
Después de años de silencio desconcertado y desconcertante han regresado las protestas, para horror de quienes, cómodamente arrellanados, equiparaban la caída del muro de Berlín con el acomodamiento tranquilo. Resulta ahora que lo único que parece haber llegado a su fin es la polarización tan característica del siglo 20 entre la izquierda y la derecha. Todo lo demás sigue en entredicho.
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"Pronto tendremos que enfrentar las cuestiones verdaderamente complejas", afirmó recientemente el filósofo Slavoj Zizek, en un texto publicado en el periódico inglés The Guardian. "Ya no sólo sobre lo que no queremos, sino sobre lo que sí queremos. ¿Qué clase de organización social podría reemplazar el capitalismo existente? ¿Qué tipo de líderes necesitamos? ¿Qué organos (incluidos los órganos de control y de represión)?"
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Por lo pronto, la pequeña revuelta puntual surgida en Bogotá en torno a la renuncia a su cátedra de Camilo Jiménez nos indica por dónde se debe empezar la discusión, en un país en donde todo es urgente. Los estudiantes marcharon y la reforma propuesta se detuvo. Pero la renuncia de Jiménez es un nuevo campanazo para empezar a cuestionar con seriedad e información la calidad de la educación en Colombia.
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