lunes 19 de diciembre de 2011

Resumen caprichoso de la indignación


En Egipto y Siria hubo revueltas contra el orden político reinante; en España, los jóvenes indignados lograron protestar activa y organizadamente contra el orden (o el desorden) económico; en Nueva York, un grupo de activistas invadió el parque Zuccotti,  alegando que representan el 99% de la población que ya no quiere tolerar la codicia y la corrupción del 1%: "Recurrimos a las tácticas revolucionarias de la primavera árabe", afirman, "para lograr nuestro propósito." En Chile, los estudiantes protestan masivamente para que "el Estado brinde una educación pública gratuita y de calidad, y que se prohíba el lucro en la educación privada. En Colombia, las marchas estudiantiles sistemáticas e incesantes lograron detener la reforma educativa planteada por el gobierno de Santos.

Después de años de silencio desconcertado y desconcertante han regresado las protestas, para horror de quienes, cómodamente arrellanados, equiparaban la caída del muro de Berlín con el acomodamiento tranquilo. Resulta ahora que lo único que parece haber llegado a su fin es la polarización tan característica del siglo 20 entre la izquierda y la derecha. Todo lo demás sigue en entredicho.  



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"Pronto tendremos que enfrentar las cuestiones verdaderamente complejas", afirmó recientemente el filósofo Slavoj Zizek, en un texto publicado en el periódico inglés The Guardian. "Ya no sólo sobre lo que no queremos, sino sobre lo que sí queremos. ¿Qué clase de organización social podría reemplazar el capitalismo existente? ¿Qué tipo de líderes necesitamos? ¿Qué organos (incluidos los órganos de control y de represión)?"
 
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Por lo pronto, la pequeña revuelta puntual surgida en Bogotá en torno a la renuncia a su cátedra de Camilo Jiménez nos indica por dónde se debe empezar la discusión, en un país en donde todo es urgente. Los estudiantes marcharon y la reforma propuesta se detuvo. Pero la renuncia de Jiménez es un nuevo campanazo para empezar a cuestionar con seriedad e información la calidad de la educación en Colombia.
 


El cine y la literatura


"Siempre he dicho que conocí el mar por primera vez en Barranquilla en 1920 o 21, y es mentira. Conocí el mar en el Olympia cuando trajeron la película Las rocas de Kador y su horrible crimen. Era la visión fabulosa de un mar movido, con olas que reventaban contra las rocas, una cosa imponente." Así empieza Recuerdos de los tiempos del Olympia, de Germán Arciniegas, texto con el que se abre un libro sobre el teatro publicado por la Fundación Patrimonio Fílmico Colombiano en 1992. Es un texto que evoca con ingenuidad y belleza la magia del cine, la fascinación que produjo y sigue produciendo en todos nosotros como el gran contador de historias del siglo 20.
La relación entre el cine y la literatura es tan vieja como el cine, y es, en palabras de Caballero Calderón, la historia de una gran admiración que se convierte gradualmente en desencanto, en parte por la exigencia que le hace al escritor de concebir nuevas formas de escribir.
Hoy, más de cien años después, sigue habiendo una cierta promiscuidad en este campo: críticos literarios que también fungen como críticos de cine, directores y guionistas que cruzan hacia la novela o el cuento, o contadores de cuentos que recurren indistintamente a uno u otro medio.
En Colombia, donde hacer cine ha sido tan difícil, esto es particularmente cierto: los creadores caleños de los 70 (Caicedo, Ospina, Romero) son un ejemplo contundente. Está también Hernando Valencia, crítico literario pero también agudo analista de cine; o Fernando Vallejo; o Andrés Burgos, quien nos acompañó en Los libros hace ocho días, ejemplo sobresaliente entre los creadores más jóvenes.
Tradicionalmente, el cine ha saqueado las páginas de los libros en busca de historias. Pero en las últimas décadas hemos visto cómo el cine y la televisión dejan su huella en la literatura, enriqueciéndola con sus ritmos, con sus imágenes, con sus lugares comunes.
"Un buen film tiene más eficacia positiva en la formación del gusto, en el ataque frontal contra los lugares comunes, en el estímulo de inquietudes inéditas, que todas las páginas que puedan escribirse a favor o en contra de determinado tipo de cine." Las palabras son de Valencia Goelkel y yo las tomé de un texto escrito por Hugo Chaparro sobre la revista CINE, cuyo primer número apareció en octubre de 1980.
¿Se puede compartir el corazón entre estos dos amores tan excluyentes?  Es un tema sobre el cual, con un poco de suerte, no llegaremos a ninguna conclusión.

lunes 21 de noviembre de 2011

Las puntas del exilio


En algún momento de 2010 debe nacer el miembro 7 mil millones de la especie Homo sapiens. ¿Quién es? ¿Qué se le  puede decir sobre lo que le espera en el atestado planeta?: ese fue el tema propuesto para la mesa moderada por Claudia López en el Festival de El Malpensante del 2010. En esta mesa la juventud brilló por su superficialidad, y las propuestas más interesantes corrieron por cuenta de los más veteranos: el ultraconservador José Galat, y el escritor venezolano Ibsen Martínez, que dijo más o menos lo siguiente en relación con sus esperanzas para la humanidad en el siglo 21: deseo para los seres humanos en este siglo que comienza el derecho a vivir donde quieran.
Ibsen Martínez no es un hada madrina (apenas es un malpensante) y sus palabras no funcionan como varita mágica para resolver la que ha sido considerada la peor enfermedad del siglo 20: el exilio.
En realidad el exilio como castigo político ha existido desde hace siglos (recuérdese Las tristes de Ovidio), y también el exilio como castigo económico: en cualquier memoria de guerra aparecerán las hordas desplazadas, miles de seres humanos anónimos obligados a dejar su terruño por la fuerza de las armas. 
Del tema se ocupa Los ejércitos, de Evelio Rosero, quizás la mejor novela colombiana sobre la violencia contemporánea.
Del tema también se ocupa Saudades, la novela de nuestra invitada de hoy, Sandra Lorenzano.
Y el poeta polaco Zagajewski menciona la cuestión al pasar, en un texto sobre escribir en polaco después del
momento en que la población superviviente de Varsovia abandona la ciudad asolada tras la derrota de la insurrección del otoño de 1944, marchando lentamente en una columna irregular e infinita de mujeres, niños, hombres y ancianos.

Empiezan a surgir con igual fuerza las voces que hablan de otra de las puntas del exilio: la de las visas, las fronteras, el desprecio por los inmigrantes, el odio chovinista. Los millones de colombianos obligados a vivir en el exilio (en el propio país o en otro) padecen a diario ese extremo afilado. Y quizás algún día tengan la voz para hablar de él, "para crear un modelo de literatura que responda a las amenazas históricas de una manera universal y nada provinciana"; para "alcanzar las capas más profundas de la esperanza, sin buscar solaces fáciles", en palabras de Zagajewski.  

Los libros, 95.9 fm, 20 de noviembre

viernes 18 de noviembre de 2011

Propuesta para un programa de Estudios Editoriales



El texto hoy
De lo oral a lo escrito
La aparición del lector obviamente está relacionada con la aparición y establecimiento de la escritura. Lo escrito conjura forzosamente a un lector, cuya naturaleza problemática ya es señalada por Platón en el Fedro. Eric Havelock describe así este proceso:
Se diseñó un conjunto limitado de formas lo bastante pequeñas como para ser trazadas por la mano [el alfabeto griego], que podían manipularse para formar grupos de formas [...] Por primera vez en la historia, la persona que podía aprender a leer de este modo era el niño. [...] La capacidad para adquirir ese reflejo dependía, en primer lugar, de que se limitara la cantidad de formas a menos de treinta para poder memorizarlas fácilmente y, en segundo lugar, de que se diera a las formas el poder de registrar sonidos lingüísticos de manera comprensiva y exhaustiva, sin que hubiera que adivinar cuáles eran los valores orales correspondientes.[1]

La oralidad, por supuesto, ha sobrevivido hasta nuestros días, y convive con la cultura escrita en una relación que Havelock describe como de “tensión creativa recíproca”, para concluir que “sólo en el siglo XXse ha cumplido por completo la lógica de la transferencia de la memoria al documento”. Se podría afirmar que hoy, por primera vez en la historia, la comunicación oral está siendo francamente desplazada por la comunicación escrita.
El paso del rollo al códice (que libera una mano y permite la simultaneidad de la lectura y la escritura), la separación de las palabras (que se empieza a practicar a partir del siglo VII), y la lectura silenciosa (que todavía sorprende a san Agustín) son prácticas destinadas a mejorar la relación entre el lector y el contenido, pues como bien lo afirma Iván Illich, “En la práctica la actividad de escribir fue privativa de los clérigos hasta bien entrado el siglo XIV”.
El asunto del texto es tema primordial en cualquier planteamiento curricular que se ocupe del oficio editorial. El habla, la producción de un discurso singular por parte de un hablante singular (según la definición de Saussure[2]), se convierte en texto cuando se pasa de lo oral a lo escrito. El texto, explica Paul Ricoeur[3], es todo discurso fijado por la escritura; y tiene la particularidad de que “solo es verdaderamente texto cuando inscribe directamente en la letra lo que quiere decir el discurso”. Al sustituir el diálogo y restablecer la incomunicación previa a la palabra, el libro separa en dos vertientes el acto de escribir y el acto de leer (el lector está ausente de la escritura y el autor está ausente de la lectura). Desde esta perspectiva, podemos afirmar que el editor es el encargado de restablecer ese diálogo.
Además de la filosofía y la lingüística, la bibliografía—que se dedica a investigar, transcribir, describir y clasificar los documentos impresos “con el fin de constituir los instrumentos de trabajo intelectual llamados repertorios bibliográficos o bibliografías”[4]—fue la disciplina responsable de abrir el campo a la investigación en torno al texto. La bibliografía padeció un vuelco definitivo a mediados de la década de los ochenta gracias a los aportes de D.F. McKenzie, reunidos durante las conferencias Panizzi de 1985[5]. En ellas plantea, entre otras cosas, que la bibliografía debe ser descrita en la actualidad como “la sociología de los textos”, una definición que inserta la bibliografía en la realidad social al tiempo que obliga al bibliógrafo a redefinir el texto:
I define texts to include verbal, visual, oral, and numeric data, in the form of maps, prints and music, of archives of recorded sound, of films, videos, and any computer-stored information, everything in fact from epigraphy to the latest forms of discography[6].

Roger Chartier, quien desde la historia se ha encargado de cimentar la investigación en torno a los asuntos editoriales, asegura que es labor del estudioso de los asuntos editoriales tratar de “identificar los efectos que ejercen sobre los sentidos las diferentes formas (impresas, manuscritas, orales) que se apropian de una misma obra.”

Aparición del editor
La aparición del tipo móvil y la modificación de la velocidad de la reproducción —cuando la reproducción del material escrito se trasteó del escritorio del copista al taller del impresor[7]— convierte al editor a finales del siglo XVen protagonista esencial en la circulación de los contenidos.
From the very beginning, success in printing depended upon the perspicuous elevation of the editorial function. The commercial success of the printed book depended not so much upon the text it offered as upon the manner in which such a text was presented.[8]

Se ha hablado mucho de los efectos de la aparición de la imprenta. No obstante, afirma Eisenstein, “en torno a estos efectos no ha habido mucha discusión, no porque haya coincidencias en torno a estos temas, sino porque ninguno de estos efectos se ha planteado en forma explícita y sistemática. De hecho, todos aquellos que parecen estar de acuerdo en que los cambios fueron trascendentales, siempre se detienen a la hora de decirnos exactamente cuáles fueron estos cambios.”[9] Elizabeth Eisenstein es autora de uno los libros fundamentales sobre la aparición del tipo móvil en Europa, que se publicó en 1983. Desde entonces los estudios sobre el libro se han multiplicado, pero sigue habiendo imprecisiones y consejas donde debería haber datos y reflexiones serias en torno a la mediación del editor en la propagación del discurso, que dista mucho de ser inocente.
Las formas de creación, producción y circulación de lo escrito y su relación con el soporte (tablilla, pergamino, tela, papel, pantalla), configuran el núcleo fundamental de la cultura escrita, el triángulo formado por el escritor, el editor y el lector. Con muy pocas excepciones, este triángulo ha permanecido inamovible; sin embargo, las relaciones entre estos tres vértices sí han padecido cambios, y también la relación del núcleo con la sociedad que lo rodea. Habría pues que subrayar la necesidad “de reunir en una misma historia el estudio de los textos, el estudio de los soportes y el estudio de sus apropiaciones”[10].
Por otra parte, como bien advierte Chartier, debemos resistirnos a la tentación “de considerar como universal e invariable la relación que tenemos con el libro y, en general, con lo escrito”[11]. Dicho de otra forma, el estudioso del libro debe mirarlo como texto, como objeto físico, y como producto de uno u otro grupo dentro de una sociedad determinada. El libro debe ser estudiado como hijo de su tiempo, para usar los términos de Peter Burke[12].

El autor
Si el siglo XV es el siglo del editor, el XIX es definitivamente el siglo del autor, gracias al Romanticismo y a la masificación de la producción de la prensa escrita, condición a su vez para la industrialización de la actividad editorial (industrialización que es la causa determinante en la masificación y homogeneización de los contenidos, propias del siglo XV). Hasta entonces, mal que bien, la tarea del escritor “se produce tradicionalmente al margen del trabajo ordinario [...]. Esta separación suele ser incluso perceptible en términos de ‘división del trabajo’: las castas consagradas a la producción simbólica se encuentran habitualmente ‘liberadas’ de participación en el ‘trabajo productivo’”[13]. Este escritor obligado a formar parte del aparato productivo es el que adquiere conciencia de su capacidad crítica, que empieza a ejercer desde la marginalidad.
Entre otras, su creciente importancia será fundamental en la discusión, mencionada anteriormente, sobre el marco legal que sustenta la circulación del libro.

El fin de la edad del libro
La posibilidad de circulación digital de los contenidos que surge en la segunda mitad del siglo XX genera cambios que están por estudiarse en las relaciones entre los tres pilares de la cultura escrita. El más evidente es, sin embargo, la aceptación del fin de lo que George Steiner denomina la Edad del Libro[14]. Según Steiner, en la segunda mitad del siglo XXlas condiciones de su larga permanencia —la disponibilidad de un espacio silencioso e íntimo para leer, por ejemplo, o el acuerdo en torno al canon— estaban en vías de desaparición, y esa forma clásica de la comunicación que era el libro había sido sustituida por otros medios. La posibilidad de que ese momento llegara empezó a asomar en su momento de gloria, con la aparición del tipo móvil y la expansión de la imprenta, que acabó con el monopolio de la cultura libresca detentado por los monasterios durante siglos después de la caída del Imperio Romano. La imparable difusión del libro y de la alfabetización desde entonces hasta nuestros días ha ido acompañada de la alarma creciente ante la proliferación descontrolada de la información en un mundo en el cual todos saben leer y todos efectivamente leen. (Síntomas de esta alarma son, entre otros, el desarrollo de la literatura infantil y los discursos sobre la promoción de la lectura.) Y fueron definitivos el crecimiento y la consolidación de los medios masivos de comunicación: “Con el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. [...] La síntesis social no es ya cuestión ante todo de libros[15].”[16]
Para concluir, está claro que los procesos de escritura y de lectura han padecido modificaciones importantes como consecuencia de los cambios en el soporte. Estas modificaciones están relacionadas, a su vez, con el tipo de contenidos: de índole formativa, informativa o transformativa. Pero también está claro que la intervención del editor ha ido creciendo en importancia: de ser un copista fiel al servicio del escritor y del lector, ha pasado a ser protagonista fundamental en las decisiones de circulación de los contenidos. Considerado de esta manera, resulta urgente la formación de profesionales capaces de pensar el tema de la circulación de los contenidos desde una perspectiva que incluya no solo la participación activa de escritores y lectores, sino también las necesidades de una sociedad que debe concebirse idealmente como cada más incluyente y por ende cada vez más diversa.

El estado actual de la formación en el área del conocimiento, en los ámbitos internacional, nacional y regional
Programas de posgrado en estudios editoriales
La cuidadosa revisión de 24 programas relacionados con el tema en países de habla inglesa —23 maestrías y un diplomado (RMIT ofrece diplomado y maestría); 7 en Australia, 7 en el Reino Unido, 10 en Estados Unidos— y 19 programas en países de habla hispana indica que la mayoría hace énfasis en el desarrollo de las habilidades prácticas y analíticas necesarias para desempeñarse como un profesional en el área de la edición, y de las habilidades empresariales necesarias en el sector.
Sin embargo, empiezan a aparecer los posgrados que combinan la creación y la edición, o incluso maestrías como la de The New School, que se destaca porque efectivamente integra los estudios en historia y teoría de los medios con la investigación y la producción. Baltimore combina un programa de escritura creativa con edición, y una de las maestrías ofrecidas en Gran Bretaña se especializa en la publicación de textos legales.
También en los países de habla hispana prevalece lo que Joaquín Rodríguez, creador del desaparecido master en edición de la Universidad de Salamanca[17], llama “la metodología learning by doing [que] permite que la formación siga un hilo conductor en el que desde el principio los estudiantes adquieren un corpus de conocimientos teóricos al mismo tiempo que desarrollan una serie de destrezas prácticas, de manera que puedan poner en marcha sus proyectos editoriales exitosamente”.
La Especialización en Edición de Publicaciones de la Universidad de Antioquia, en Colombia, no se escapa a esta tendencia eminentemente práctica, que se agudiza en el caso del diplomado en Producción Editorial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y su programa de pregrado en Tecnología en Producción Digital para Medios Impresos y Electrónicos. Es interesante, por otra parte, la opción que ofrece la Universidad Autónoma de Colombia a sus estudiantes de Estudios literarios, que pueden especializarse como “literato-editor”.
Este énfasis en la faceta práctica del oficio refleja la necesidad apremiante de profesionalizar el sector editorial: dicha necesidad surge no solo del crecimiento del sector provocado en gran parte por el crecimiento exponencial de los lectores y el establecimiento definitivo de la cultura escrita, sino también por el hecho de que la entronización del libro como producto de consumo (ya no solo como producto cultural) quiebra el método tradicional de aprendizaje basado en el sistema de maestros y aprendices. Refleja también, aunque en menor medida, la necesidad del sector de preparar a sus profesionales para hacer frente a lo que muchos en el sector perciben como la crisis provocada por la digitalización[18].

Rasgos distintivos del programa propuesto
Un programa en Estudios Editoriales debe ser concebido desde una perspectiva interdisciplinaria:
The study of book culture is so wide ranging as to be inherently disorienting. It has to do with written communication in its diverse forms and processes. Its practitioners think about the reception, the composition, the material existence and the cultural production of what is called the book only for lack of a better collective noun[19].

Además de la convergencia en el estudio del libro de la historia, la literatura, la bibliografía, la filosofía y los estudios culturales, en él también participan el estudio del diseño, la lingüística, el mercadeo, etc., fundamentales en el ejercicio cotidiano del oficio.
Un programa en Estudios Editoriales debe ser además transdisciplinario, que entiende el libro como un bien cultural cuyo estudio incluye, por ende, su incidencia en la sociedad que lo produce, y la incidencia de la sociedad en su producción. Ya lo dijo Robert Darnton[20]: “Every age was an age of information, each in its own way, and that communication systems have always shaped events”.
Un programa en Estudios Editoriales entiende al editor como el mediador entre el lector y el autor. Para aclarar y matizar esta idea de “mediador”, vale la pena incluir aquí una descripción reciente y muy tradicional del trabajo del editor:
Al legajo pertenecen también siete piezas cortas, cada una de ellas con el título de Paseo. Todas ellas carecen de indicación con respecto a su ubicación en el libro [...] De este modo, los paseos del libro se han convertido en textos intermedios, y el editor es plenamente consciente del carácter subjetivo de su elección a la hora de situarlos en la obra.
Por lo demás, se han intentado mantener algunas peculiaridades de la escritura y la puntuación del original, incluso cuando violan las reglas vigentes, pero se han corregido cuidadosamente las que entorpecen la lectura. Se han eliminado los anglicismos que afectan de manera aislada a la ortografía y la puntuación. Se ha revisado y unificado la escritura de los nombres propios de personas y lugares, así como las citas en lenguas extranjeras, y se han corregidos los errores y erratas evidentes. Las fechas consignadas por Morgenstern se cotejaron con los documentos y otros materiales disponibles[21].

Revisión y unificación de la escritura de los nombre propios y lugares[22]; revisión de las citas en lenguas extranjeras; corrección de errores y erratas evidentes; cotejamiento de las fechas en el manuscrito con las fechas en los documentos y otros materiales disponibles; ubicación en el texto de siete piezas cortas sin indicación en este sentido: la cita da una idea bastante clara de la actividad tradicional que un editor debe desarrollar con un texto ya terminado, por así decirlo, y por ende de la compleja formación básica que debe tener.         
Pero esa es apenas una de sus tareas. Originariamente, afirma Hubert Nyssen —fundador en 1978 de Actes Sud—, “la escritura era por excelencia el lugar de encuentro de tres locuras: la del autor, que intentaba mediante ella formular lo íntimo de sus afectos y lo destilaba mediante su reflexión; la del editor, que al investirse e invertirse en la publicación quería obtener el reconocimiento de su perspicacia y el beneficio de su iniciativa; y la del lector, que esperaba encontrar allí respuesta o eco a este oscuro deseo de absoluto que llamamos incompletud.”[23] Quizás se deba añadir a las impresiones de Nyssen la afirmación complementaria de otro editor, Marco Cassini:
Creí que podría repetir con facilidad la experiencia, qué se yo, del New Yorker de William Shawn, de la Olympia Press de Maurice Girodias, de la Shakespeare and Company de Sylvia Beach, de la City Lights de Ferlinghetti, del grupo Bloomsbury de Virginia Woolf, de la Paris Review de George Plimpton, de la Rivoluzione Liberale de Gobetti, de la Einaudi del trío Vittorini-Calvino Pavese ... Y fantaseando con aquellas irrepetibles experiencias ajenas, olvidé que un editor no es solo un apasionado de los libros, un animador cultural, un filántropo que dedica su vida a buscar un modo de aumentar la belleza del mundo, sino por encima de todo un empresario. ... ¡Un empresario![24]

Los estudios editoriales, además de la formación antes esbozada, deben ocuparse de la indagación en torno a las formas de actuación de estos tres actores (creador, editor, lector), y del estudio de sus interacciones. Siguiendo a Chartier, creemos que es indispensable “reconstruir el papel de los diversos actores en la construcción de sentido”.
Un programa en Estudios Editoriales debe entender que el soporte es una función del texto, y que es labor del editor abordar y entender los textos desde sus diversas funciones —formar, informar, transformar— con el propósito de lograr su objetivo de llevar el contenido del texto al lector.
Po último, no es posible ignorar la faceta del libro como bien de entretenimiento y, por ende, una producción que debe contribuir a desarrollar las industrias culturales: desde esta perspectiva es indispensable tener en cuenta las necesidades del mercado de las industrias culturales en lo que se refiere a la formación de profesionales en el campo de la edición (énfasis en el oficio). Hasta hace poco más de un siglo se mantenía vivo el hábito de que “las castas consagradas a la producción simbólica se encuentran habitualmente liberadas de participación en el trabajo productivo”[25]. Sin embargo, la situación ha dado un vuelco radical. En el seminario sobre la situación del sector cultural en Colombia que se reunió en Cartagena en septiembre de 2009, se afirmó lo siguiente:
En el mismo momento en que se estremecen las bases del sistema económico, la Unctad y el Pnud publican su informe mundial sobre economía creativa (2008), que resalta la importancia de las industrias culturales y su peso actual en la economía de los países. A la vez que hace un llamado a restaurar la ética en la economía, a mejorar la regulación y los mecanismos de monitoreo y “lograr una mayor consistencia y coherencia entre políticas financieras, comerciales y monetarias a nivel mundial y […] una mayor coordinación en las acciones anticíclicas”.

Edna Dos Santos, coordinadora del informe de la Unctad[26], destaca los vínculos entre innovación, creatividad y economía, mostrando el papel del capital intelectual como insumo de las industrias creativas así como la relación de éstas con el desarrollo humano y la inclusión. Muy especialmente desde finales del siglo XIX, con la invención del cine, la cultura se encontró con las transformaciones de la tecnología, las lógicas industriales y las oportunidades de distribución masiva de sus productos. Y todo ello se ha convertido en un gran potencial económico, social y, sobre todo, simbólico.
Por último, los estudios editoriales se deben abordar desde el eje creador / editor / lector, y los cambios esenciales que este ha padecido.


Estructura y organización del programa
A partir de la idea básica de que los editores deben manejar los tres vértices del libro (autor / lector / editor), y toda la cadena de producción de contenidos (ya se trate de texto o de imagen o de ambos), se plantea la siguiente estructura curricular:

I. El lector
1. Cómo se lee
Historia de la lectura, formas de leer, relación entre los contenidos y el soporte (del rollo a la pantalla)
La lectura desde la perspectiva de la neurología y de la psicología cognitiva
2. Para qué se lee
Formación, información, transformación
La promoción de la lectura
La lectura y el poder (apropiaciones de los textos)
La lectura del canon (las elites y la lectura)
3. Dónde se lee
Bibliotecas, escuelas, universidades
La lectura por internet
4. El editor como lector: Las lógicas del texto

II. El autor
1.Cómo se escribe: estudio de los procesos creativos
2. Cómo se escribe: medio y soporte
3. Desde dónde se escribe: la escritura académica, la escritura literaria
4. Función del autor: Científicos versus intelectuales[27]
5. El editor ante el autor: las formas del texto

III. El editor
1. Funciones del editor a lo largo de la historia
2. La corrección en la escritura
3. El diseño
4. Manejo de la imagen y la ilustración
5. La circulación del texto
6. El Estado y el texto: de la inquisición a las industrias culturales
7. Soporte y preservación (las bibliotecas entonces y ahora)
8. El editor al servicio del lector: edición académica, edición infantil, edición en red,



[1] Eric Havelock, "La ecuación oral-escrito. Una fórmula para la mentalidad moderna", en Cultura escrita y oralidad. Madrid, Gedisa, pág. 43.
[2] Ferdinand de Saussure, Curso de lingüística general. Argentina: Editorial Losada SA, 1980 (vigésima edición)
[3] Paul Ricoeur (2000), Del texto a la acción. FCE
[4] L.-N. Malclès, La bibliografía. Editorial Universitaria de Buenos Aires, 1967, pág. 11.
[5] D.F. McKenzie, Bibliography and the Sociology of Texts. Cambridge University Press, 1999.
[6] Ibid., pág. 13.
[7] "In the late fifteenth century, the reproduction of written materials began to move from the copyist's desk to the printer's workshop." Elizabeth Eisenstein, The Printing Revolution in Early Modern Europe. Cambridge University Press, 2005 (la edición original es de 1983).
[8] M.D. Feld, "The Early Evolution of the Authoritative Text", en Harvard Library Bulletin Cambridge, Mass. 1978, vol. 26, no1, pp. 81-111 (82 réf.)
[9] Además del libro de Eisenstein, está L'Apparition du Livre, de Fevre y Martin.
[10] Ibid., pág. 161-162.
[11] Roger Chartier, Las revoluciones de la cultura escrita. Barcelona Gedisa Editorial, 2000, pág. 159.
[12] Peter Burke, ¿Qué es la historia cultural? Barcelona: Paidós, 2006.
[13] Brea, pág. 12.
[14] George Steiner, "The End of Bookishness?" Times Literary Supplement, July 8-14, 1988, p. 754. Cita este texto Iván Illich, quien en su libro de 1993 En el viñedo del texto (FCE, 2002) aporta a esta discusión un elemento interesante: los cambios en las formas de leer provocados por la "materialización" del texto como algo independiente del soporte. Las formas de leer siguen experimentando cambios radicales, como lo demuestra el hecho de que obtuve acceso al texto de Steiner gracias a una brevísima pesquisa por internet y un correo electrónico que incluía una copia digitalizada de la página del semanario donde se publicó originalmente.
[15] Margarita Valencia, "El fin de la Edad del Libro", en Trama y Texturas #12, septiembre 2010.
[16] Sloterdijk, Normas para el parque humano, pp. 28-29.
[17] Leroy Gutiérrez y Martín Gómez han entrevistado a varios de los responsables de la formación de editores en España y América; las entrevistas se pueden leer en el ojo fisgón, blog sobre las tendencias en el mercado editorial.
[18] Por otra parte, crece la línea de estudios surgida en el seno de la academia francesa que quiere concentrarse en "l'histoire du livre" y que aborda el libro como una fuerza de cambio. Se puede revisar la oferta académica en este sentido en la selección de Sharp, cuyo nacimiento da una idea clara del tipo de investigación que se favorece: " At the beginning of August 1991, during a weekend conference on 'Masterpieces in the Marketplace' sponsored by the Dickens Project at the University of California at Santa Cruz, Simon Eliot and Jonathan Rose proposed founding an international organization devoted to global book history and print culture, to be called the Society for the History of Authorship, Reading and Publishing, or SHARP. Those in attendance enthusiastically endorsed the proposal, and a volume of essays deriving from the conference, Literature in the Marketplace, edited by John Jordan, Director of the Dickens Project, and Robert L. Patten, was subsequently published by Cambridge University Press, a kind of prototype for subsequent SHARP publications."
En relación con la digitalización, cabría citar Publishing Perspectives, en The True Cost of going Digital: "Everyone thinks e-books are free or cheap . . . but that’s not Sourcebooks’ experience. [...] There is no standardization of formats."
[19] Leslie Howsam, An Orientation to Studies in Book and Print Culture. University of Toronto Press, 2006, p. 3.
[20] Robert Darnton, "An Early Information Society: News and the Media in Eighteenth-Century Paris", en http://www.historycooperative.org/journals/ahr/105.1/ah000001.html (revisado el 23 de febrero de 2011). El subrayado es mío.
[21] "Nota a la edición alemana", en Soma Morgenstern, En otro tiempo. Años de juventud en Galitzia oriental. Barcelona: Editorial Minúscula, 2005, pág. 585. El copyright nos indica que el autor de la nota sin firmar es Ingolf Shulte, de Klampen Verlag.
[22] El ejemplo de la primera edición de Noticia de un secuestro, de Gabriel García Márquez, servirá para futuras generaciones de escritores y editores: la negativa del escritor (y de su agente) a la revisión por parte de un editor del texto original condujo a la penosa publicación de un texto lleno de errores y a la subsiguiente necesidad de revisar y corregir un texto ya publicado.
[23] Hubert Nyssen, La sabiduría del editor. Madrid: Trama Editorial, 2008, pág. 36.
[24] Marco Cassini, Erratas. Diario de un editor incorregible. Madrid: Trama Editorial, 2010,
pág.
25.
[25] Brea, pág. 12.
[26] Edna dos Santos, jefe de la unidad de economía creativa de la Unctad.
[27] Me refiero por supuesto a la polémica planteada por C.P. Snow en 1959 en The Two Cultures, Cambridge University Press, Canto, 1993.