jueves 29 de octubre de 2009

Si tuviese una escalera

 We don't need no education,
We don’t need no thought control,
No dark sarcasm in the classroom,
 Teachers leave them kids alone.
        Hey! Teachers! Leave them kids alone!
Another Brick in the Wall
Pink Floyd
(Letra de Roger Waters)

Las historias nacen de una necesidad,
de algo que alguien está buscando.
La ventana y la bruja
Triunfo Arciniegas



Asociamos la literatura infantil y juvenil con el gozo antiguo de oír historias y de contarlas, pero en realidad lo que llamamos hoy literatura infantil y juvenil es un invento reciente, que debemos más a los intereses comerciales de los editores que a las necesidades formales de los narradores. Su apogeo se explica por las campañas de alfabetización que nacieron de la mano de la expansión de la educación primaria en Europa durante el siglo 19, y a las cuales se sobrepuso, como  era natural, el tema del fomento a la lectura, más con el propósito de educar a los jóvenes —o de adoctrinarlos, si hemos de atenernos a los consejos de san Agustín— que de conmoverlos y deleitarlos. Había que aprovechar el recién ganado acceso de los niños a los textos para defender los fortines morales de la época, y en ello se empeñaron los editores, conscientes de que este nuevo filón seguiría produciendo mientras los padres y los maestros no se sintieran amenazados.
Dentro de los límites impuestos por este triángulo inexpugnable surgió gran parte de la literatura infantil del siglo 20, y la colombiana no es la excepción. El desacostumbrado crecimiento que el muy modesto corpus de la literatura infantil colombiana —tímidamente encabezado hasta entonces por Rafael Pombo y por Víctor Eduardo Caro— experimentó durante las últimas tres décadas del siglo pasado no hubiera alcanzado las magnitudes que alcanzó (aun modestas, no obstante) de no ser por el impulso que recibió en el aula (con lo cual no quiero demeritar la tarea de los apóstoles de la lectura en el país), en donde a la enseñanza de un código moral se añadió la necesidad de apuntalar los valores propios del nacionalismo: al amor familiar, la solidaridad, la justicia, se sumaron las recién descubiertas tradiciones populares —muy adecentadas y dulcificadas—, la fauna local, la geografía nacional, todo sazonado con un poco de magia, un poco de fantasía y un final feliz y moralizante : creo que el salpicón define mal que bien la gran mayoría de libros infantiles y juveniles publicados en las últimas décadas.
Sin embargo, de este caldo de cultivo aparentemente tan poco propicio para la genuina creación literaria han surgido narradores geniales, escritores capaces de hipnotizar a su lector con un chasquido, de enredarlo en sus fabricaciones, de enamorarlo con susurros gratos. Triunfo Arciniegas es uno de ellos, y el encanto de su voz nos obliga a preguntarnos cómo ha logrado eludir el acartonamiento que aplana a tantos de sus colegas de estantería.

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Triunfo nació en 1957 en Málaga, “al otro lado del páramo, en el país del Sagrado Corazón”. Málaga, que según el censo de 2005 tiene poco más de 17 mil habitantes, es la capital de la provincia de García Rovira, en el departamento de Santander.
De Málaga, donde nací, tengo el recuerdo de las calles empedradas, las quebradas donde aprendí a nadar y las canciones de mi abuela. De Pamplona, donde papá decidió que continuábamos la vida, la niebla y las cometas.

De Pamplona, una ciudad más grande y un centro estudiantil de importancia en la región, salió para Bogotá (“la lluvia y los zapatos rotos”) a la Universidad Javeriana, donde estudió literatura (la licenciatura, primero, y después una maestría): a Marino Troncoso, maestro de tantos, dedicó Caperucita Roja y otras historias [Panamericana, 1996], en un gesto diciente de la importancia de su paso por allí. Cuando apareció su primer libro infantil, La silla que perdió una pata y otras historias [Carlos Valencia Editores, 1988], Triunfo ya había publicado un par de libros: El cadáver del sol [1982] y En concierto [1986], y en su hoja de vida figuraba una larga lista de premios literarios y menciones: de la Universidad de Pamplona, del Gato Encerrado, de la Fundación Testimonio de la Universidad de Nariño, del Taller Cultural Rimay de la Universidad Surcolombiana de Neiva, de la Casa de la Cultura de Calarcá, de la Ciudad de Pereira, del Taller Awasca de la Universidad de Nariño. La lista se engruesa y adquiere consistencia a partir de ese año y aunque más tarde desaparece de la biografía oficial, está claro que todos y cada uno de esos reconocimientos fueron importantes en la formación intelectual y emocional de Triunfo; apuntan, además, a la existencia clandestina pero sólida de una red de sustento de la literatura que sobrevive obcecadamente al margen de la institucionalidad centralizada en Bogotá, que devora sus productos pero ignora su efervescencia creativa. Y habla, casi grita, del espíritu inquebrantable del escritor:
Soy maestro de herrería, profesión que aprendí de mi padre pero que no ejerzo. He trabajado como zapatero, expendedor de una bomba de gasolina, portero de discoteca y maestro de escuela. Mi pasión es escribir libros: ya tengo publicados veinticinco.

La cuenta aparece en el epílogo de Las batallas de Rosalino —premio Enka 1989, finalmente publicado en 2002— y exhibe, sin falsos pudores pero también sin arrogancia, el orgullo de un hombre que sabe que está haciendo su trabajo con juicio, y que el uno por ciento de inspiración que le corresponde es efímero y frágil y no debe desperdiciarse:
Cierta noche regresaba a mi casa, en las afueras de Pamplona, cuando un señor se acercó a preguntarme: “¿Vio la vaca de Octavio?” Dije que no. Ni siquiera conocía a Octavio. La pregunta me hizo reír el resto del camino. Sobre esa vaca, que nunca conocí y que en mi mente se volvió de mantequilla, escribí la obra. 
 
Ese brevísimo instante de inspiración se traduce en una obra terminada, pero solo después de años de un duro trabajo de albañil:
Escribí de una sola sentada la primera versión de Las batallas de Rosalino en Meissen, un barrio al sur de Bogotá, en 1988. [...] Volví a Pamplona y reescribí el libro en unos seis o siete meses. [...] En estos catorce años he hecho veinticuatro versiones.

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Así que la obra de Triunfo —que ya sobrepasa la treintena de libros, entre obras de teatro y novelas y cuentos para jóvenes, para los muy niños y para adultos, muchos de ellos ilustrados por el autor— es excepcional, pero no es milagrosa, y mucho menos azarosa. Aunque en este punto quizás no sea sabio descartar el poder de la magia en la vida de un hombre que anuncia en su biografía que es “Piscis y detesto los cumpleaños”, y que ha creado, a partir de una firma en el periódico, a uno de sus personajes más divertidos: la bruja Mavé, que guía el destino del gallo Cantaclaro en Las batallas de Rosalino:
En el salón de los espejos, vestida de plata y estrellas, Mavé preparaba una torta de chocolate. [...] Cantaclaro, desesperado, revisó todos los rincones de la casa porque quería un adelanto del horóscopo que Mavé escribía en la última página de Guía de estrellas.

Cantaclaro no es el único que lee a la bruja. Carmela, la enana pelona que se enamora de todo el mundo y que quiere conseguir un novio que la quiera para toda la vida, también la consulta:
Mavé contempló una vez más sus largas uñas, encendió su larga y fina pipa de carey y arrojó al techo un chorro de humo interminable.
—No pierdas la fe —dijo—. No abandones tus sueños. [...] Yo también espero que un hombre de bigotes negros llegue hasta mi ventana en un caballo blanco [...]. Una ilusión, tú me entiendes, que no se come pero alimenta. Mira el mar, ¿no parece que lo tienes en la punta de los dedos? De noche, dejo la ventana abierta y siento que viene a posarse a los pies de mi cama. El mar.

Y Rosita del Rosal del Rey, que trabaja en el bar de Lucy, sale corriendo a buscarla apenas se entera de la llegada de Juan Chicote. “No entiendo”, dice Mavé después de mirar las cartas, y suspira con resignación. No importa: el oficio de las brujas y de los poetas es crear realidades posibles, no explicarlas.
 “Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana”, dice de sí mismo Triunfo —y así tendremos que llamarlo, Triunfo, no solo porque está claro que el nombre fue su don de nacimiento y su amuleto para la vida, sino porque Lucy —la pecosa Lucy, la enamorada de Pepe Ratón, la dueña del bar de Río Seco de Todos los Santos— es la única que puede llamarlo por el apellido:
—Me enamoré —dijo Lucy—. Ese hombre es una belleza. Me dan ganas de pasar con él el resto de vida, Arciniegas.
¡Qué manía de llamarme por el apellido!

Mavé, Lucy, Rosita del Rosal del Rey son algunos de los habitantes del universo creado por Triunfo, un universo poblado además por vampiros, ángeles, gatos, dragones, mujeres veleidosas y hombres pusilánimes que comparten sus páginas con personajes robados a las narraciones populares tradicionales: Caperucita Roja, el Gato con Botas, Mambrú. Todos ellos se enfrentan a las vicisitudes como los seres comunes y corrientes que son, impulsados por el amor o por la vanidad, por la necesidad o por el capricho. Y el resultado de sus actos (¡cuando por fin se deciden a actuar!) no está regido por la tiranía de la moral, una cadena de causas y consecuencias irrompible, sino por esa mezcla impredecible que suele prevalecer en la vida de azar, esfuerzo, previsión y arrojo.

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Los personajes de Triunfo pasean en un cuento y en otro sin problemas, pero la mayoría nació, me atrevería a afirmar, en sus obras de teatro para niños —laboratorio ideal para la experimentación, de donde surge su muy particular tesitura. Lucy, por ejemplo, es la protagonista de Pecas y de Caja de lágrimas, y de Lucy es pecosa, la obra de teatro ideada en 1991 para los alumnos del grado quinto de la escuela Santísima Trinidad de Pamplona: “Luz Stella Lizcano, una pelirroja pecosa de diez años, prestó su belleza y su gracia al personaje.” Los prólogos de esta y de las otras once obras publicadas que Triunfo creo y dirigió entre 1987 y 1991 con los grupos de teatro de diferentes escuelas pamplonesas describen su método de trabajo.
Primero, su encuentro con los niños: del grupo de Monteadentro, con el cual monta Amores eternos en 1991, dice que “Este es el más difícil y pequeño de todos los grupos”. Triunfo trabaja a partir de su experiencia —con este grupo había escrito y puesto en escena El diablito rojo el año anterior—, que le ha enseñado que estos niños en particular “nunca se atrevían a improvisar”, que Gilberto Vera, “un niño difícil por no decir insoportable”, había resultado ser un actor maravilloso, que Alexander Conde se había estirado demasiado para un papel sobre el cual creía tener derechos adquiridos. Alrededor de estos niños de carne y hueso Triunfo borda sus textos a la medida.
Después, los primeros textos: en 1988, en busca de un tema para trabajar con el grupo La manzana azul, “les propuse la canción de Mambrú”:
La primera tarea consistió en reunir las distintas versiones y, a partir de estas, creamos una para nosotros. La copiamos y la memorizamos, nos pusimos de acuerdo en la música y le dimos palo durante más de dos meses. Una mañana, cuando ya era uno más de la clase, hablamos de Mambrú casi dos horas. Ahí nació la obra.

Sigue el libreto: del trabajo con El Aguijón, el grupo de teatro de la escuela Santísima Trinidad de Pamplona, nació La ventana y la bruja, un retrato mágico de la pobreza (según palabras del mismo Triunfo) que surge de los juegos de los niños, un jarrón partido y una caneca de plástico:
Ya con los actores seleccionados y los papeles asignados, escribí el libreto. Hicimos la lectura correspondiente en el cuarto encuentro, una y otra vez, primero sentados en el aula y luego en un inmenso salón...

Y para rematar, la puesta en escena: Después de la lluvia nace en El Escorial (y ya el nombre de la escuela es pura literatura), “de un trapo rojo, un vestido y un canasto de flores”: “Hacemos un teatro para pobres y utilizamos los elementos que tengamos a la mano. Si la escuela tuviese una escalera, seguramente ya habría escrito una obra para esa escalera.”
Para la mayoría de los escritores, el punto final indica que ha llegado la hora de respirar tranquilos, de tomarse un café, de relajarse al lado del fuego o en los brazos acogedores de un libro tramado por otro. No sucede lo mismo con el dramaturgo, que en ese momento debe asomarse a la cara de sus espectadores, que también en este caso son de carne y hueso:
La comedia nos permite seducir al público con más facilidad. Lo hacemos reír y ya lo tenemos en nuestras manos. Si lo llevamos con sigilo hasta el final, procurando que no se despierte en medio de la magia, el éxito es nuestro.

Falta, sin embargo, un rizo en esta recreación del aprendizaje del escritor, y es su desdoblamiento en espectador. Así describe su experiencia en el prólogo de Lucy es pecosa, escrita en 1991 para el grupo de teatro El Aguijón:
Al día siguiente, camino a una escuela, acordándome de situaciones del estreno, seguía riéndome. Los niños se reían en el escenario. El público se reía. El amigo de las luces se reía. Los amigos que vieron la obra se reían. No sé con certeza qué tan bien salimos, pero nos reímos mucho. La felicidad me interesa más que la sabiduría.


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¡Felicidad! Ese es el regusto (tan impreciso, tan inexpresable) que le queda al lector después de leer la mayoría de las obras de Triunfo Arciniegas, y que debería ser la única vara de medir la literatura infantil: un estado del ánimo que es más bien un estado de gracia y que no tiene que ver tanto con la alegría de que las cosas resulten como deberían ser, sino con la satisfacción que sentimos al descubrir que las cosas son como son, y así están bien. 
Lo cierto es que la escritura de Triunfo no es particularmente alegre. Su tono es más bien melancólico —aunque en su caso el intento de uniformar es un ejercicio crítico inútil, porque lo que prevalece es la sutileza que domina particularmente bien a la hora del humor, siempre matizado, nunca caricaturesco, y que da siempre el toque final a los personajes y las atmósferas. En ocasiones es incluso brutal, como cuando el león que escribía cartas de amor acepta que no podrá seguir viviendo sin el ave del paraíso y se deja encarcelar para estar a su lado:
El descuido del barrendero que aseaba la celda le permitió acercarse a la casa de las aves. Saltó con todo su coraje y derribó la débil puerta de alambre y sorprendió al ave del paraíso en el más bellos de los sueños. Del suculento banquete solo quedaron las hermosas plumas, que el sol transformó en un fantástico incendio.

En realidad, Triunfo no nos ahorra (ni a sus lectores ni a sus personajes) ni una sola amargura, pero tampoco nos escatima el contento tonto, el de todos los días. Y puede hacer lo uno y lo otro porque ha trabajado hombro a hombro con sus lectores, ha dominado sus caprichos, ha reído con ellos, y sabe que no debe mentirles, que no puede suavizar, ni acomodar, ni endulzar si quiere que permanezcan a su lado. Por eso en sus historias no hay héroes —la primera batalla de Rosalino es contra un zancudo que lo pateó “bien duro”, como él mismo lo cuenta; y Pepe Ratón, el novio de Lucy, es un cobarde. No hay niños que deban superar pruebas increíbles —la bruja que acosa a los niños de La ventana y la bruja “tiene corazón y merece la dicha”, y el vampiro de La hija del vampiro solo quiere invitar a la mamá de Alejandro a cine. No hay amores perfectos —la seducción de Violeta por parte de Jorobailo en Amores eternos es una burla de los amores hollywoodenses, entre rubios de ojos azules. No hay enemigos imbatibles —cuando el pirata Natalión y el pirata Barbanegra por fin se enfrentan, deciden emborracharse juntos en vez de pelear.
En la obra de Triunfo hay guerra (El árbol triste) y hay pobreza, pero ni la guerra ni la pobreza se imponen sobre la vida. Hay parejas separadas, hay hombres abandonados, hay mujeres infelices, hay parejas improbables que se separan y se juntan, pero ninguno de ellos se esfuerza por sacar la realidad a sombrerazos de su vida (para poder vivir felices para siempre) sino que más bien le encuentran acomodo.
En la obra de Triunfo nada se debe silenciar, no es necesario encubrir nada: la belleza de las palabras es suficientemente fuerte para sostener la dureza de la realidad. En su compañía, podemos mirar el abismo y llegar a salvo al otro lado. Es lo que siempre le hemos pedido a la literatura, a cualquier edad.

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miércoles 30 de septiembre de 2009

Consenso y oligarquía electoral en Colombia

Ti Noel comprendió pronto que, aunque insistiera durante años,
jamás tendría el menor acceso a las funciones y ritos del clan. 

Se le había dado a entender claramente que no le bastaba ser ganso 
para creerse que todos los gansos fueran iguales. 
Ningún ganso conocido había cantado ni bailado el día de sus bodas. 
Nadie, de los vivos, lo había visto nacer. 
Se presentaba, sin el menor expediente de limpieza de sangre, 
ante cuatro generaciones en palmas.
En suma, era un meteco.
El reino de este mundo
Alejo Carpentier 



En mayo de 1863 los convencionistas de Rionegro, convocados el año anterior por decreto de Tomás Cipriano de Mosquera, aprobaron la constitución más federalista de cuantas se hayan redactado en el país; esta determinó que a partir de ese momento el país pasaría a ser los Estados Unidos de Colombia, y estableció, “en nombre y por autorización del pueblo”, la inviolabilidad de la vida humana; la libertad absoluta de imprenta y de circulación de impresos nacionales y extranjeros; la libertad de pensamiento, expresión y enseñanza; el sufragio universal, y la libertad de trabajo, industria y comercio; y la libertad de culto, siempre que no se atentara contra la soberanía nacional o se turbara la paz. En suma: una constitución para ángeles, remoquete que se le adjudica a Víctor Hugo pero que seguramente se originó en el Discurso de Angostura, pronunciado por Simón Bolívar ante el Congreso del mismo nombre el 15 de febrero de 1819. En él, Bolívar advirtió que “La libertad indefinida, la democracia absoluta, son los escollos a donde han ido a estrellarse todas las esperanzas republicanas”, conclusión inevitable de su argumento en contra de un sistema federal. “¡Ángeles, no hombres pueden únicamente existir libres, tranquilos y dichosos, ejerciendo todos la potestad soberana!”(1) El tema estaba a la orden del día: en 1835 Alexis de Tocqueville subrayó en La democracia en América que si bien él mismo no podía concebir una nación sin una fuerte centralización gubernamental, no podía dejar de notar que “la centralización administrativa tiende a disminuir constantemente el espíritu cívico en el pueblo... puede por tanto contribuir admirablemente a la grandeza pasajera de un hombre, pero no a la prosperidad duradera de un pueblo” (2).
La aversión de Bolívar a la democracia absoluta no debe sorprender a nadie: el Libertador no era un revolucionario social, y el movimiento de independencia que lideró tampoco lo era. Habría que recordar que la mayoría de los movimientos independentistas hispanoamericanos “comenzaron como la rebelión de una minoría contra una minoría aun más pequeña, de criollos (españoles nacidos en América) contra peninsulares (españoles nacidos en España). [...] El objetivo de los revolucionarios era el autogobierno para los criollos, no necesariamente para los indios, los negros o las personas de raza mixta” que constituían un ochenta por ciento de la población (3).
La encrucijada política en la que se encontraron los criollos a comienzos del siglo 19 era de una inmensa complejidad: el cariz mismo del conflicto, precedido por el fracaso de la insurrección de los comuneros en 1781 —plenamente caracterizada por el grito de ¡Viva el Rey! ¡Abajo el mal gobierno!— había convertido la monarquía en una opción impensable. Pero la transición hacia una democracia plena también era impensable para la clase dirigente:
Nuestros débiles conciudadanos tendrán que enrobustecer su espíritu mucho antes que logren digerir el saludable nutritivo de la libertad. Entumidos sus miembros por las cadenas, debilitada su vista en las sombras de las mazmorras, y aniquilados por las pestilencias serviles, ¿serán capaces de marchar con pasos firmes hacia el augusto Templo de la Libertad? ¿Serán capaces de admirar de cerca sus espléndidos rayos y respirar sin opresión el éter puro que allí reina? (4)

Alegando que la gente debía ser protegida de sí misma, y que los sistemas de gobierno debían adaptarse a “nuestras costumbres” (en contraposición con las costumbres de los estadounidenses), Bolívar defendió a capa y espada la adopción de una democracia no liberal, que en esencia dejaba establecida la inmensa desconfianza en el pueblo que ha prevalecido desde entonces en la democracia colombiana y que no hizo otra cosa que perpetuar el estado de infancia política en el cual habíamos sido mantenidos durante el dominio español. Los legisladores optaron por reemplazar una minoría por otra minoría —una que no contaba con el respaldo del Imperio— y prolongaron el sistema español de gobierno a través del dominio de quienes se percibían a sí mismos como miembros de una aristocracia (5) —una monarquía sin un monarca—, creyendo asegurar de esa manera la cohesión de una sociedad cuya innegable heterogeneidad era percibida como una amenaza, como la causa de su inestabilidad: “se disuelve con la menor alteración”.
Si la Conquista arrasó con el sentido de dignidad y pertenencia de los pobladores americanos originales, la Independencia no consideró la posibilidad de la restitución. Ni la abolición de la esclavitud ni las condiciones de vida de los indios fueron temas prioritarios: en 1816 se proclamó la liberación de los esclavos en Venezuela, pero con la condición de que se unieran a las fuerzas republicanas. “La reacción fue negativa. [...] El Libertador creía que ‘los esclavos habían perdido hasta el deseo de ser libres’” (6). La insistencia por parte de Bolívar en una legislación que tomara en cuenta nuestras costumbres no cobijó el sistema de posesión comunitaria de la tierra por parte de los indígenas, y su abolición por parte del nuevo gobierno condujo más temprano que tarde al despojo total.
El abandono de la posibilidad de construir una nación desde la suma de sus partes se refleja en la construcción a lo largo del siglo 19 de la narración del mestizaje americano, con la cual se emparejaba a las masas y se impedía la individuación indispensable para la puesta en práctica de los derechos fundamentales de libertad e igualdad, componente esencial de las ideas políticas de la Ilustración que habían animado los movimientos independentistas. El camino escogido se basaba inevitablemente en la identidad lingüística y cultural impuesta por el opresor. Prevaleció la idea romántica de pueblo americano—una masa indistinta que puede ser cualquier cosa—, a la que se sumó la adoración también romántica de la personalidad, a partir de la cual se podría configurar una nueva aristocracia formada por los patriotas criollos, que muy a la manera de los nobles franceses, se consideraban “miembros de una casta dominante y separada [de la nación]” (7), doblemente validados por su defensa de las ideas de libertad e igualdad.
Un nuevo paradigma no genera una nueva visión del mundo y una revolución política no cambia las mentalidades: la Revolución Francesa estuvo marcada por la violencia, producto de “dos intereses irreconciliables: la creación de un Estado poderoso y la creación de una comunidad de ciudadanos libres” (8). Tendría que pasar casi un siglo antes de que se consolidara la República. En el caso inglés, la guerra civil del 17 permitió el fortalecimiento del Parlamento a expensas del rey (9) y facilitó la transición hacia un liberalismo constitucional que desembocó en democracia. Pero lo opuesto no sucede: la democracia no genera necesariamente un liberalismo constitucional. La coincidencia histórica en su surgimiento ha hecho que se piense en la una y en el otro como si fuesen dos entidades indisolublemente ligadas. Pero no es así: proliferan las democracias no liberales, asociadas con la centralización de la autoridad.
En Colombia, esta centralización de la autoridad es la consecuencia natural de las decisiones políticas tomadas a lo largo del siglo 19. El sistema que acabó imponiéndose —y que sigue vigente hasta hoy— es una oligarquía electoral, el gobierno de los muchos por unos pocos que buscan su legitimidad en las urnas. Esos pocos —no avalados por la sangre o por la tradición—adoptaron una legislación y unas instituciones que han ido modificando a medida que se van haciendo evidentes las complejidades propias de un sistema político que defiende pero no practica la libertad o la igualdad o la separación de poderes. Una reforma tras otra, tras otra, nos han enseñado que la ley y las instituciones que crea se acomodan al capricho del gobierno de turno y que son ajenas a la soberanía popular. Caricaturesca o no, esta descripción subraya la causa de la inestabilidad propia de las democracias que no surgen de un consenso. La inestabilidad permanente (y la violencia que esta genera) ha sido encubierta con un simulacro, con un discurso que no describe la realidad sino que pretende reemplazarla.
En el caso del presidente Álvaro Uribe, gran parte de su éxito se debe sin duda a su capacidad de narrar coherentemente la situación colombiana en un momento en que el desmoronamiento de la izquierda dejó al descubierto un conflicto de tales magnitudes y con tantísimos actores que a la mayoría de los colombianos les resultaba imposible nombrarlo. Habiendo escogido bien a su enemigo —las FAR, como las llama él—, su gobierno procedió a combatirlo con suficiente éxito como para permitir que muchos —abrumados por el deterioro de la situación— volvieran a pensar en la posibilidad de una solución a corto plazo. Amparados por la claridad de quienes saben sin lugar a dudas que la lucha es entre un “ellos” y un “nosotros” claros y definidos, se adoptó de nuevo la vacía y desgastada retórica de la independencia —que la izquierda abonó generosamente— y se admitió tácitamente que el ejercicio de la democracia consiste en apoyar a uno de los bandos y arrasar al otro.
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Carlos Menem se posesionó como presidente de Argentina en 1989 y en 1994 promovió una reforma constitucional que le permitió ocupar de nuevo el cargo hasta 1999. Otro tanto hizo el peruano Alberto Fujimori, quien se convirtió en presidente de su país en 1990, en 1993 promovió una reforma constitucional que le permitió ser reelegido en 1995 y en 1996 promulgó la Ley de Interpretación Auténtica de la Constitución, en la que se facultaba a sí mismo para presentarse por tercera vez a la presidencia. Por su parte, Hugo Chávez fue elegido presidente de Venezuela en 1998, asumió el poder en 1999 y convocó un referendo constituyente en abril de ese año para redactar una nueva constitución que fue ratificada en un segundo referendo en diciembre de ese mismo año; en 2000 se convocó a elecciones, de acuerdo con lo establecido en la nueva Constitución, y Chávez fue elegido presidente para un nuevo periodo de seis años (2001- 2007); en 2006 fue reelegido una vez más; en febrero de 2009 se realizó otro referendo que permite la reelección inmediata de cualquier cargo de elección popular de manera continua o indefinida. Álvaro Uribe fue elegido presidente de Colombia en la primera vuelta en 2002, y reelegido —merced a una reforma constitucional promovida y aprobada en 2005— en 2006 con una votación mayor de la que obtuvo en 2002. Evo Morales, presidente de Bolivia desde enero de 2006, logró que el 9 de abril de 2009 el Congreso aprobara una nueva ley electoral que le permitirá ser reelegido en 2010. Con variaciones más o menos imaginativas, Daniel Ortega en Nicaragua y los Kirchner en Argentina también han ideado maneras de continuar en el poder más allá de lo permitido por sus constituciones.
La evidencia abrumadora indica que ninguno de estos países (o ninguno de estos líderes) elude las elecciones abiertas y multipartidistas, condición mínima para ser un país democrático. La evidencia abrumadora indica, también, que la democracia crece en América Latina a pesar de su reconocida fragilidad, de los lapsos y recaídas que cuestionan constantemente la vocación continental —cuestionamientos que, es el momento de decirlo, solían excluir a Colombia: sigue siendo un lugar común hablar de la estabilidad política y económica del país, un lugar común que, como todos los lugares comunes, tiene algo de cierto y mucho de falso.
Es cierto que a lo largo del siglo 20 en Colombia ha habido una insistencia loable en las elecciones, y es cierto que desde 1958 un gobierno ha sucedido a otro sin mayores tropiezos. Pero no es cierto que esas dos verdades juntas permitan cantar las loas de la democracia colombiana, cuya continuidad sirvió durante muchos años para desviar la atención del creciente horror de una guerra civil que no solo ha persistido sino que ha ido ganando fuerza desde comienzos de siglo.
La narración histórica nacional dice una cosa: habla de ciclos que aparentemente empiezan y acaban (La Guerra de los Mil Días, La Violencia, el Frente Nacional) y que alimentan una idea de progreso (una etapa seguida de otra superior). Otra cosa dice la que parecería ser una ristra interminable que puede empezar en cualquier parte: masacre de las bananeras (1927); asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (1948); afianzamiento de la guerrilla liberal (1949 a 1953); desmovilización y posterior asesinato de Guadalupe Salcedo (1957); fundación del Eln (1962); surgimiento de las Farc (1966); surgimiento del M-19 (1970); afianzamiento del narcotráfico (década de 1970); afianzamiento de la Doctrina de Seguridad Nacional en el continente (década de 1970); asesinato de José Raquel Mercado (1976); surgimiento de la Triple A (1977); surgimiento del MAS (1981); toma del Palacio de Justicia e inicio del genocidio de la Unión Patriótica (1985).
La lista dista mucho de ser exhaustiva pero da cuenta de la coexistencia de diversas violencias que se superponen y que son producto y causa de una organización social que fomenta los comportamientos no democráticos y que es el resultado de la persistencia de la guerra civil en el país, asunto que los gobiernos popularmente elegidos suelen eludir, temiendo que al admitirlo y mencionarlo la legitimidad del Estado quede en entredicho. De allí la preferencia por el término “conflicto”, con una más vaga y benigna acepción de “problema, cuestión, materia de discusión”, de “apuro, situación desgraciada y de difícil salida”.
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La guerra civil, por supuesto, es mucho más que la escisión del Estado; es una ruptura de la sociedad, “una fragmentación de lo que parecía o pretendía ser una comunidad de intereses” (10). Esa comunidad de intereses apunta al único contrapeso posible de la violencia como fuerza integradora: el consenso, que sería la virtud que habría que resaltar en una democracia si se quisiera superar el mínimo común denominador.
El consenso debe ser el resultado de la aceptación consciente de las reglas del juego por parte de todos los miembros de la comunidad (la negación de la ley, por ende, es la negación a formar parte de la comunidad (11)), y su existencia implica que todos los miembros de la comunidad son individuos libres que están en condiciones de tomar una decisión y de someterse a ella. Implica también el derecho a cuestionar su decisión cuando lo consideren pertinente, si bien dentro de las reglas del juego: eso quiere decir que el apoyo de los ciudadanos no es un apoyo incondicional, tan confiable como el tipo de obediencia que se obtendría mediante el ejercicio de la violencia. El consenso es la esencia de un gobierno representativo en el cual el pueblo ejerce su soberanía sobre aquellos que lo gobiernan. Y es lo que diferencia una democracia liberal de una que no lo es:
La democracia liberal es un sistema político caracterizado no solo por un sistema electoral libre y justo sino también por el gobierno de la ley, por la separación de los poderes y por la protección de las libertades básicas de expresión, de reunión, de religión y de propiedad. De hecho este último paquete de libertades—que se podría agrupar bajo la denominación de liberalismo constitucional—es teóricamente diferente e históricamente distinto de la democracia (12).
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La distinción entre democracia y democracia liberal funciona muy bien en el aula, pero en la vida real hace agua. Todo parece indicar que América Latina se inclina a favor de los hombres fuertes y en contra de la democracia plena, y quizás los electores tienen razón: la apuesta en favor de un sistema político tan exigente en una sociedad desmoralizada desde sus inicios supondría un esfuerzo de construcción que a lo mejor no seamos capaces de llevar a cabo. En las condiciones de agotamiento moral en las que se encuentran tantas sociedades latinoamericanas, casi resulta irresistible la convicción de alguien que parezca saber lo que hay que hacer y que esté dispuesto a asumir personalmente la responsabilidad por nuestro futuro, responsabilidad que nosotros no podemos o no queremos asumir.
De no ser así, tendríamos que empezar a pensar en serio en la construcción de la democracia —una tarea lenta, frustrante, e invisible, que exige de todos y cada uno de los ciudadanos que lo sean todo el tiempo, que se comprometan sin excusas (las tenemos a granel al alcance de la mano) con el esfuerzo de lograr un consenso y respetarlo. Y a partir de ahí, empezar a construir una nación, tarea que seguimos teniendo pendiente.


Notas

(1) La constitución radical de Rionegro fue reemplazada por la más conservadora de 1886, que de manera diciente restableció el nombre de Dios como fuente de toda la autoridad y que rigió—con infinidad de enmiendas—hasta 1991. 
(2) Alexis de Tocqueville, Democracy in America, Chicago: The University of Chicago Press, 2002 (I, I, 5).
(3) John Lynch, América Latina, entre colonia y nación. Barcelona: Editorial Crítica, 2001, pág. 118. 
(4) Discurso de Angostura.
(5) En el Discurso de Angostura Bolívar propuso la creación de un Senado hereditario que funcionaría así: “Estos Senadores serán elegidos la primera vez por el Congreso. Los sucesores al Senado llaman la primera atención del gobierno, que debería educarlos en un Colegio especialmente destinado para instruir aquellos tutores, legisladores futuros de la patria. Aprenderían las artes, las ciencias y las letras que adornan el espíritu de un hombre público; desde su infancia ellos sabrían a qué carrera la providencia los destinaba, y desde muy tiernos elevarían su alma a la dignidad que los espera.
“De ningún modo sería una violación de la igualdad política la creación de un Senado hereditario; no es una nobleza la que pretendo establecer porque, como ha dicho un célebre republicano, sería destruir a la vez la igualdad y la libertad. Es un oficio para el cual se deben preparar los candidatos, y es un oficio que exige mucho saber, y los medios proporcionados para adquirir su instrucción. Todo no se debe dejar al acaso y a la ventura de las elecciones: el pueblo se engaña más fácilmente que la naturaleza perfeccionada por el arte.” [El subrayado es mío] 
(6) Lynch, pág. 234. 
(7) Hannah Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Imperialismo 2. Madrid: Alianza Editorial, 1981, pág. 258. 
(8) Simon Schama, Citizens. Nueva York: Vintage Books, 1990, pág 15. “La ficción de la Revolución consistió en imaginar que se podía servir al uno y a la otra sin mutuo desmedro, y su historia es, en suma, la realización de esa imposibilidad.” 
(9) Barrington Moore, Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy. Boston: Beacon Press, 1967, pág. 29.
(10) Jorge Giraldo Ramírez, “Elementos para un concepto contemporáneo de guerra civil”, en http://indh.pnud.org.co, mayo 20 de 2009.
(11) Hannah Arendt, On Violence. Nueva York: Harcourt, Brace and World, Inc., 1970, p.. 97 
(12) Fareed Zakaria, “The Rise of Illiberal Democracy, Foreign Affairs, http://www.fareedzakaria.com/ARTICLES/other/democracy.html, November, 1997.

martes 29 de septiembre de 2009

La cultura, el patrimonio bibliográfico y la sociedad del menosprecio

La Biblioteca Nacional de Colombia convocó en días pasados a un simposio para reflexionar sobre la preservación, la valoración, la difusión y la utilización del patrimonio bibliográfico con miras a hacer efectivos los derechos de acceso a la información, a la cultura y a la educación. La mesa con la que se cerró el simposio proponía a los participantes la pregunta sobre cómo poner el patrimonio bibliográfico al servicio de la cultura —una manera de preguntar cómo hacer que los libros guardados en las bibliotecas dejen de ser letra muerta.
La pregunta sobre la apropiación del patrimonio se oye por toda América Latina y es moneda corriente en la discusión sobre políticas culturales, pero no por eso deja de ser una pregunta curiosa: no hay que olvidar que patrimonio es una palabra que habla precisamente de los bienes propios, y parecería un sinsentido preguntar sobre el acceso a lo propio. Es una pregunta que evoca a esas madres controladoras que guardan los objetos costosos de los niños en cajitas de terciopelo para que no los dañen ni los pierdan; que les compran zapatos muy grandes para que les queden bien en un futuro que solo ellas imaginan; que los regañan preventivamente —porque saben que no saludarán como es debido, o harán demasiado ruido, o serán groseros e irrespetuosos; que saben que los niños no distinguen lo que es verdaderamente valioso y que se entusiasman con cosas tontas, inocuas —pueril, lo sabemos, es sinónimo de trivial.
Esas madres de cajón vienen de la mano de los bibliotecarios de cajón: un guardián ceñudo que considera que el edificio de la biblioteca es un repositorio de objetos sagrados y que teme más que a nada —más que a los ratones o a la carcoma— a los usuarios, ignorantes empeñados en cortar las páginas, ensuciar las cubiertas, desfigurar ese objeto perfecto que es un libro intonso: empeñados en la posesión, para decirlo en otras palabras.
Me dirán ustedes que esa es una imagen del pasado, pero los ladrones de libros siguen sembrando el terror por doquier (en las ferias, en las librerías, en las bibliotecas), al menos en el tercer mundo, porque el libro no ha dejado de ser un objeto precioso, cargado de valor simbólico; un valor simbólico que se deriva en gran parte de su asociación con el conocimiento, llave que se supone abre todas las puertas y que siempre ha estado en posesión de unos pocos que lo guardan celosamente, lo prescriben, lo controlan: el conocimiento es bueno pero es peligroso. (Ha sido labor tradicional de los maestros, de los bibliotecarios, de los editores, dosificar ese conocimiento.) Pero que se deriva también de la inaccesibilidad concomitante: en el orden colonial, la posesión de los libros estaba limitada a los colonizadores, y los libros no han dejado de ser señal de estatus social tanto como de bienestar económico. Desde esta perspectiva, las bibliotecas son cajas fuertes que guardan las riquezas de otros. Es ilustrativa la génesis de la Biblioteca Nacional de Colombia, cuya colección semilla fue un fondo de cuatro mil y pico de libros incautados a los jesuitas cuando fueron expulsados de los dominios de España por Carlos III en 1767. Iniciado el proceso de la independencia, los dirigentes locales creyeron conveniente impulsar el establecimiento de bibliotecas públicas, que según el general Francisco de Paula Santander, "contribuye sobremanera al adelantamiento de la ilustración general y a promover el cultivo de las ciencias y las artes, objetos que deben merecer los más atentos cuidados de un gobierno verdaderamente republicano, como el de Colombia”.
La inspiración (de esta y de tantas otras instituciones americanas) debió de haber surgido del ejemplo francés. También allí las bibliotecas públicas nacieron con las incautaciones a los religiosos expulsados a finales del siglo 18. Y su propósito (como en Inglaterra) era educar al pueblo. Lo cual equivale a decir que
Cualesquiera que sean las intenciones que presiden su nacimiento, la biblioteca es ese evidente dispositivo de controlar las lecturas populares; control conservador, reformador o revolucionario, según los casos [...]; pero siempre se trata de controlar a quienes todavía no saben leer bien ni elegir sus libros (1).

Pero hubo en Europa una revolución en el siglo 15, y otra en el 19, y otra en el 20 (y muchas pequeñas revoluciones entre una y otra), todas destinadas en principio a ampliar el acceso al conocimiento y a lo que fuese que este conocimiento compraba (o sigue comprando): estatus social, dinero, poder político... y libros. Al tiempo con la base de lectores empezó a crecer el temor por el tipo de lecturas a las cuales estos lectores tendrían acceso: "Los buenos libros y las bibliotecas que los difunden son las alternativas del funcionamiento desmedido de un mercado editorial que [...]a partir de fines del siglo 18 parece ampliar sin cesar su mercado potencial en dirección de las capas más populares" (2). Pero a finales del 19 y comienzos del 20, cuando verdaderamente aumentó el número de lectores en Europa, las elites encargadas de preservar y controlar el conocimiento aparentemente dieron por perdida una batalla para no perder la guerra y se replegaron, dejando el terreno libre y abonado. El resultado está a la vista de todos (los refiero al informe de 2008 de Unctad sobre el tema de industrias culturales): mientras los dueños tradicionales de la palabra escrita se refugiaban en las bibliotecas y en las universidades, la industria del entretenimiento colonizó todos los espacios de la cultura y la red se impuso como fuente de información y de conocimiento. Quizás por eso es que la mayor parte de las reflexiones de los intelectuales de hoy tienen el tono angustiado de un Rip Van Winkle que se acaba de despertar solo para descubrir que la revolución ya sucedió. Y quizás por eso resulta doblemente extraña la pregunta propuesta para este simposio—sobre el patrimonio bibliográfico, la cultura y el acceso—, porque parecería que la industria del entretenimiento y la digitalización ya la resolvieron, cada cual a su manera.
La pregunta esconde otra que no se formula por orgullo y que se refiere al hecho de que las soluciones no fueron concertadas ni consultadas; y creo que eso explica la insatisfacción que se percibe en el ambiente, las voces que hablan de exceso de información, de caos, de pobreza de los contenidos culturales, de homogeneización. Pero incluso si hubiese un interrogante genuino allí, creo que resulta ingenuo seguir preguntándose sobre el acceso al patrimonio bibliográfico y su aporte a la cultura sin hablar previamente de las acciones y las actitudes culturales que guiaron el camino hasta este punto en el cual hay un abismo insalvable entre el patrimonio y los que ahora consideramos sus legítimos dueños. Una vez resuelto ese asunto, inevitablemente surgirá otro, más complejo todavía, sobre el papel que empezarán a desempeñar los bibliotecarios, los maestros, los editores en un mundo en donde los contenidos ya circulan libremente y en donde se han borrado las fronteras y las jerarquías que funcionaron durante siglos de una manera vertical y prácticamente incuestionada.
"El edificio de la biblioteca no es un depósito de libros sino un centro comunitario", aseguró una bibliotecaria norteamericana recientemente( http://www.twine.com/item/12kfcshmy-1hs/the-future-of-libraries-with-or-without-books-cnn-com), y su afirmación recoge lo que sin duda es la tendencia más clara de las bibliotecas contemporáneas. Pero permitir el acceso físico no basta. Recurro, como tantos otros hoy (3), a la lección del maestro ignorante recogida por Rancière en su libro del mismo título, para explicar el cambio de mentalidad necesario para cumplir hoy la tarea del bibliotecario:
La osadía de Jacotot consistió en oponer la 'razón de los iguales' a la 'sociedad del menosprecio'. En realidad, el objetivo de ese apasionado igualitarista era la emancipación. Jacotot pretendía que todo hombre de pueblo fuese capaz de concebir su dignidad humana, medir su propia capacidad intelectual y decidir cómo utilizarla. En otras palabras, se convenció de que el acto del maestro que obliga a otra inteligencia a funcionar es independiente de la posesión del saber.

Es evidente que se desmorona la construcción social que ha mantenido las bibliotecas en pie durante cientos de años, con unos cuantos elegidos en la cúspide y muchísimos otros en la base. Las perspectivas son fascinantes y obligan a reformular la pregunta planteada al comienzo: ese "nosotros" que se pregunta por el acceso de "esos otros" va de salida; serán los otros, los lectores, los usuarios, los consumidores, los que empiecen a formularse la pregunta por el acceso, conscientes de la necesidad de ordenar el universo caótico de la información que se ofrece a sus ojos, y quizás pidan nuestra ayuda para poner orden en un espacio delimitado por ellos, y en condiciones establecidas por ellos. En esta nueva horizontalidad en la que se empiezan a mover las relaciones del conocimiento, será el lector quien imagine un orden, y el bibliotecario (o el editor, o el maestro) deberá ponerse a su servicio para ayudarlo a construir ese orden. Será necesario, para lograr eso, convertir el espacio del libro y de la cultura (y cuando digo libro digo contenidos, digo información) en un espacio verdaderamente público, de discusión; un espacio en donde haya cabida para la protesta y para la acción; un espacio en donde "la razón de los iguales" haya reemplazado por completo a la "sociedad del menosprecio"; un espacio en donde pueda instalarse cómodamente la admiración del otro, y no tengamos que limitarnos a tolerarlo.

___________
(1) A.M. Chartier y J. Hébrard, Discursos sobre la lectura. Madrid: gedisa editorial, 1998, pág. 122.
(2) Ibid., pág. 120.
(3) Me topé la cita de Rancière en un texto de Alberto Bejarano sobre el affaire Bruguera, que se inició durante el encuentro del Instituto Hemisférico de Performance y Política que se llevó a cabo en la Universidad Nacional de Colombia. Hay mucha información y discusión sobre el tema en http://esferapublica.org/ y muy poca por fuera de allí, y resulta pertinente porque es un ejemplo claro de cómo también en el campo de las artes plásticas se da el conflicto que planteo aquí —aunque la discusión parece estar mucho más avanzada.

miércoles 2 de septiembre de 2009

La tiranía del mercado

Reflexiones sobre la industria editorial y la Nielsen

Solía suceder que el catálogo de un editor (lo que los anglosajones llaman el backlist) era su orgullo y que la cantidad de libros que allí hubiera que se vendieran año tras año durante muchos años era la medida de su éxito. Esos libros eran la espina dorsal del negocio editorial y su solidez permitía a un editor aventurarse con nombres desconocidos y explorar nuevos temas. Y no me refiero a libros en el dominio público, al alcance de cualquiera, sino a aquellos títulos y autores que el editor hubiese publicado por vez primera y que se hubieran ganado a pulso el derecho a permanecer en los anaqueles de las librerías.

Ya no es así: el avance y la consolidación de la industria del entretenimiento hizo pensar a los editores que el crecimiento de su propio negocio dependía de su capacidad de asimilar su trabajo al de las publicaciones de ciclos cortos (periódicos o revistas), con contenidos más efímeros. Y este tipo de publicaciones, que durante siglos fue más bien marginal y de baja calidad, se convirtió en el núcleo duro de la industria editorial, cuyo ritmo—hasta entonces más bien lento—hubo de acelerarse vertiginosamente. “El sistema se ha vuelto impaciente”, afirmó en 2006 una editora de Harcourt en un artículo de Rachel Donadio en NYT, en el que ésta además equiparaba la narrativa de corte muy literario a un aristócrata elegante y empobrecido casado con una nueva rica (en este caso la narrativa popular, los best-sellers).

El ingreso de Nielsen a la industria editorial consagró sin duda esta vuelta de tuerca: famosa en todo el mundo por sus tiránicas mediciones de televisores encendidos, la compañía Nielsen lanzó en 2001 en Estados Unidos un servicio que rastrea las cifras de venta de libros en el punto de venta—el 75% de las ventas al detal— cifras que hasta entonces no solían ser públicas (una de las más conocidas boutades del oficio es que los editores siempre mienten).

Bastaba a editores y lectores las listas de los libros más vendidos, cuyo reinado probablemente llegó a su fin en 2001 con el escándalo en torno a las ventas de los libros de L. Ron Hubbard. El New York Times se vio obligado a admitir lo que todo el mundo sabía: que sus listas no eran más que eso: listas, y el terreno quedó abonado para la Nielsen.

La exigencia de cifras exactas que acompaña por obvias razones a los productos de la cultura popular (programas de televisión, películas, canciones) se extendió a los libros y se convirtió en el puntillazo final de una industria que ya venía ahogándose con el incremento excesivo (y mayormente injustificado) en los anticipos, y los consiguientes incrementos en los tirajes, en las devoluciones, y en las novedades (Book Clubbed. Why writers never reveal how many books their buddies have sold).

Los editores dejaron de tener tiempo para sus libros, porque el tiempo transcurrido entre el pago de los anticipos y el momento de la publicación empezó a ser muy costoso, además de que los libros tenían tan corta vida en las librerías que no valía la pena detenerse en los detalles. Los libros se volvieron productos con fecha de expiración, como los quesos: en 2006, en un mercado dominado por las grandes cadenas de libros, si una novela no vendía una cifra decorosa durante sus primeras dos semanas de vida, prácticamente estaba condenada a desaparecer. De acuerdo con un editor estadounidense, para que un libro fuese tomado en serio el distribuidor debía repartir un mínimo de 20 mil copias a las librerías; la tiranía del mercado exige altos tirajes para ganar visibilidad, periodos cada vez más breves en la mesa de novedades, altas devoluciones; vuelta a empezar. (Las cifras en el mundo hispanohablante son tan obscenas como las cifras en Estados Unidos: según el CERLALC, en el 2008 se registraron 104,997 títulos en América Latina y 79,020 en España.)

Si algo puso de presente la medición de la Nielsen, fue el despilfarro que empezó a caracterizar a una industria que tradicionalmente había sido más bien conservadora en sus inversiones y cauta en sus decisiones. Pero el año pasado la industria experimentó una nueva vuelta de tuerca: la cifra de nuevos títulos publicados descendió 3,2% en Estados Unidos (de 284,370 en 2007 a 275,232), pero este descenso fue acompañado por un incremento del 132% en la edición de títulos sobre demanda y de ediciones de tirajes cortos (de 123,276 títulos a 285,394). De acuerdo con Bowker, estas cifras indican que 2008 fue un año clave para la industria editorial, y no solo porque los editores volvieron a ejercer su criterio a la hora de decidir qué libros publicar y cómo hacérselos llegar al público.

La industria editorial podría achacar estos resultados a la crisis, y volver por sus fueron tan pronto como lo permita el bolsillo de los consumidores. O podría repensar los términos de la discusión sobre el futuro de los libros, que hasta ahora se concentra inútil y tontamente en torno a la desaparición del formato papel y de sus paladines, los editores. Lo cierto es que estos prácticamente se extinguieron en las últimas décadas —aplastados por el meteorito de la industria del entretenimiento. Habrá que ir a buscarlos de nuevo, ahora que la ilusión del mercado masivo se disipa y la industria editorial se ve obligada a buscar de nuevo lectores de carne y hueso.

más sobre el tema en
http://www.obiei.org/

sábado 29 de agosto de 2009

Tiempos difíciles*

Rafael Baena es un novelista tardío, pero para tranquilidad de sus potenciales lectores no es un corredor de bolsa desempleado, o un abogado penalista indigesto de historias dramáticas. Ha sido redactor y reportero gráfico durante casi treinta años, pero tampoco escribe novelas de periodistas (novelas à clé sobre la realidad nacional, adobadas con chismes de alcoba y teñidas de pornomiseria) Eso no significa que sea un escritor ajeno a las dificultades de su entorno; todo lo contrario: es evidente que lleva años rumiando la realidad colombiana, y el resultado de sus cavilaciones es el viaje al pasado que emprende en ellas, con el ánimo de esclarecer los sucesos de hoy y ponerlos en perspectiva. Es la propuesta franca de su primera novela, Tanta sangre vista, cuya historia —que transcurre durante la segunda parte del diecinueve— zigzaguea de una generación a otra y a otra, unidas por la violencia ininterrumpida y el amor por los caballos.
Alrededor de los caballos, de los cuales depende “la vida de la finca y la comida de quienes viven en ella”, se van tejiendo los sucesos en Tanta sangre vista, pero hay otros asuntos —como el amor o la política— que a veces los desplazan del escenario. En ¡Vuelvan caras carajo! los hombres y sus caballos ocupan el primer plano, mientras que muy en el trasfondo revolotean las faldas y los bailes de salón. Una de las primeras escenas de amor del libro nos muestra a Juan José Rondón haciéndole arrumacos y echándole cariñosos discursos en voz muy tenue a su alazán, “al tiempo que le acariciaba el cuello con mano, con frente o con boca en una comunión que tenía mucho de mágico”. El verdadero afecto, el único posible en tiempos de guerra, es el que nace entre camaradas y se nutre de la confianza sólida que fortalece a algunos combatientes en el campo de batalla.
Si bien la intención explícita del narrador, Angus Malone, soldado profesional que se aburre con la paz europea y decide embarcarse en una corbeta rumbo al Orinoco, es “dejar constancia de la forma en que las gentes de una tierra de ultramar deciden propinarle un golpe en la nariz a la metrópoli monárquica […] y a renglón seguido tratan de inventar una nueva nación”, la novela se concentra en el día a día de la soldadesca. En la primera novela de Baena, ésta pelea “por costumbre, porque no sabían hacer nada más, porque a lo mejor tanta sangre vista y tanto retumbar de cañón les había aturdido las entendederas”; en ¡Vuelvan caras, carajo! apenas son campesinos sin talante marcial, “no habituados a que les gritasen o dijesen qué hacer y cuándo”. Más que un ejército, es una “horda pordiosera”, esa milicia desastrada que hace sacar el pecho a los encargados de reescribir la historia patria para escolares.
A Baena, no obstante, le interesa poco la historia patria: lo suyo son las vicisitudes de los hombres en tiempos difíciles, la dificultad de persistir en los grandes propósitos ante las pequeñas contrariedades, la confusión entre los grandes ideales y los caprichos personales, las medias tintas, las bestialidades injustificadas. Y en ese pantano que es la guerra tal como la ve el novelista descuellan de vez en cuando Bolívar y Morillo, Santander, Barreiro o Páez, pero sin iluminación particular: son hombres rodeados de otros hombres, y saben que la única manera de aguantar el peso de las decisiones es repartiendo las cargas.
Es verdad que el autor presta particular atención a Juan José Rondón, hijo de un esclavo manumiso que empieza luchando con Boves para después unirse a Bolívar tras un breve periodo de reflexión política. Pero el Rondón que nos queda después de leer ¡Vuelvan caras, carajo! no es el héroe del Pantano de Vargas (“¡Coronel, salve usted la patria!”) sino el amante de los caballos, el campesino eternamente nostálgico de su mujer, el amigo fiel. Y su papel protagónico sirve más bien para subrayar los prejuicios y las intolerancias de un pueblo colonizado que no acabó nunca de resolver sus incongruencias y sus desconfianzas: las habilidades militares de Rondón y sus lanceros son reconocidas por todos, pero su color de piel chirría en los salones de las bogotanas; nadie duda de las habilidades estratégicas de Santander pero los llaneros lo consideran un “traidor, como todos los de su maldita raza de culifruncidos de montaña”; Páez, por su parte, debió soportar un sinnúmero de dificultades durante su juventud “sobre todo debidas al color blanco de su piel, que despertó los prejuicios del mayordomo negro”; y los encargos de Bolívar hacen rabiar a Rondón (que siente que el mantuano le da tratamiento de peón), que maldice por lo bajo: “Malagradecido, como todos los de su clase.”
Los escasos momentos de gloria de la campaña libertadora no acaban de ocultar la carcoma que acabará royendo a las nuevas repúblicas, y subrayan los azares y las indecisiones que preceden a las grandes batallas, más degollinas resultado de impulsos viscerales que fruto de la reflexión y de la estrategia.
No quiero decir con ello que Baena mire nuestro pasado desde la perspectiva de la vergüenza, pero tampoco parece creer que haya nada de lo cual podamos o debamos sentirnos orgullosos, excepto de la capacidad compartida por hombres y mujeres de todas las razas y condiciones de establecer vínculos duraderos de amistad y de afecto con otros seres humanos. Y con los caballos, por supuesto.

¡Vuelvan caras, carajo!
Rafael Baena
Editorial Pre-textos, 2009

Reescribir la historia en clave de niño*

Tuve durante unos días la tentación de empezar hablando de la obra de Irene Vasco, solo para molestar a esta Irene Vasco que anda por la vida con la certeza de que es transparente y nadie la ve hacer sus cosas: el trabajo de hormiga del fomento de la lectura en Colombia, que ya a estas alturas suma casi treinta años de trabajo incesante por todo el país y que empezó al lado de Gian Calvi; su labor como librera infantil, que ella se negaría a calificar de pionera alegando que en su infancia en la Biblioteca Nacional había una sala infantil a cargo de una Silvia Moscovitz, su madre; su trabajo como traductora; y su obra escrita, galardonada, entre otros, con el Premio Raimundo Susaeta (1998), el Premio Fundalectura al Mejor Libro de Literatura Infantil (1993), o su inclusión en la Lista de honor en la selección Los Mejores Libros Infantiles, organizada por el Banco del Libro de Venezuela (1994). Entre sus libros tengo que empezar por mencionar Conjuros y sortilegios, que tuve el honor de publicar hace más de quince años y que sigue siendo hoy uno de los libros más gozosos y sorprendentes que yo haya publicado; también están Beatriz la lombriz y el ciempiés Andrés, Cambio de voz, Paso a paso o Como todos los días.
Pero por supuesto muy pocos de nosotros estamos aquí por la figura pública, de indudable importancia a pesar del silencio condescendiente con el que el país sigue premiando a quienes trabajan en áreas esenciales, como la literatura infantil y el fomento a la lectura. Estamos aquí porque queremos a Irene y nos llena de orgullo su persistencia, y la seriedad (una seriedad livianísima, si me permiten el oxímoron) con la que aborda su trabajo.
Esa seriedad es evidente en el ingente trabajo de investigación que evidentemente llevó a cabo para escribir Ciudades históricas de Colombia y La independencia de Colombia. Los libros son delgaditos, 109 y 62 páginas, y además están llenos de ilustraciones. El tono desparpajado al que la autora ya nos tiene acostumbrados hace que el texto parezca una cometa y no la punta divertida de un iceberg. Las felices ilustraciones de Daniel Rabanal—más tira cómica y caricatura que ilustración de asuntos de tan gran envergadura— también resultan engañosas. Pero el conjunto final es el resultado de quien ha invertido en su trabajo todo el tiempo necesario para que su narración sea a la vez sensata y divertida, como creo yo que debería ser la narración de lo que solía llamarse historia patria, con mayúscula, pero que Irene enfrenta como quien enfrenta un cuento: cuidando tanto la forma como el contenido, y no dejándose llevar por los lugares comunes.
Yo no soy historiadora, así que me contento con suponer que María Fernanda Paz hizo bien su tarea de editora y que no hay equivocaciones flagrantes de esas que hacen tan felices a los críticos. Constaté, sin embargo, que Irene, como siempre, se ha formado una opinión sobre lo sucedido y la expresa sin pudores, sin escudarse detrás de la falsa neutralidad a la que nos acostumbramos quienes aprendimos sobre el tema en unos textos escolares con ilustraciones horrendas que encubrían, por ejemplo, el hecho de que los criollos de Cartagena querían ser libres para poder negociar con Inglaterra, no porque la independencia política les interesara realmente. O el hecho, no por más evidente más sabido, de que las ciudades españolas en América no se construyeron sobre el vacío sino, en muchos casos, sobre los asentamientos indígenas.
Estos dos nuevos libros de Irene, como sus libros anteriores, son un soplo de aire fresco: en primer lugar, porque devuelven a la historia su textura literaria, haciéndola de nuevo divertida de leer; y en segundo lugar, porque revuelven el avispero de los conflictos —los que hubo entonces y los que hay ahora entre los encargados de contar la historia oficial de lo sucedido—, recordándonos que el secreto de un escritor (de todo escritor, pero sobre todo de un escritor para niños) es respetar a su público.

* Presentación en la 22ª Feria Internacional del Libro de Bogotá de La independencia de Colombia: así fue y Ciudades históricas, de Irene Vasco, con ilustraciones de Daniel Rabanal. Ediciones B, 2009

Saudades*

Cuando las mujeres irrumpen en la novela, su avance es imparable, en parte porque ya han aprendido a acomodarse a las estructuras del género, que a estas alturas quieren cerrarse, fosilizarse (no lo lograrán, sin embargo); también porque muchas de ellas saben mimetizarse, aparecer como lo que no son. Pero hay una visión particular del mundo que no es fácil acallar y que acaba por contaminar los contenidos tradicionales de la novela. Aparecen la cocina, el cuarto de costura, el cuarto de juegos. La conversación ya no gira en torno al futuro político del continente sino a las vicisitudes de la economía doméstica; ya no se habla tanto de las pasiones arrolladoras como del frágil y complejo entramado de la seducción. El ritmo de la narración se desacelera, se ralentiza, y las páginas se llenan de nimiedades que hasta entonces eran consideradas poco dignas de ser contadas. La textura literaria se suaviza, se torna más elástica.
No obstante, algo permanece intocado: el principio básico de la narración novelesca de que la vida progresa, marcha hacia adelante, de que todo tiene una causa y una consecuencia, lo que viene sustituye a lo anterior, una cosa un acontecimiento sucede al anterior y el orden correcto e inevitable es el de la linealidad.
Solo las voces de la poesía, más marginales —más excepcionales, también— se resisten a este ordenamiento coherente de la existencia, y ensayan a compactar en tres versos la densidad de la vida, pero también su ligereza. Dibujan en ocasiones un vaivén aparentemente organizado, y en ocasiones un puñadito de polvo en el que conviven un insecto, una flor, la posteridad, la idea de Dios, el amor. Las novelistas lentificaron la vida aparentemente coherente de la narración novelesca y al hacerlo permitieron que las poetas se detuviera a contemplar el diálogo entre el espíritu y el polvo.
Muchas de las voces femeninas que vinieron después escogieron el camino desbrozado por las pioneras pero, desprovistas de su genialidad y de su intención, acabaron sumándose con más o menos talento al coro de voces masculinas. Otras insistieron en hacerse oír —voces pequeñitas, no siempre afinadas— en su singularidad y acabaron abriendo otra ruta: no una autopista, sino un senderito de montaña de esos que desaparecen bajo el peso de un arbusto florecido: Ginzburg, Plath, Madieri… No van solas: cuando se abre una puerta, no hay manera de impedir que el tráfico fluya en ambas direcciones; los diarios de Andrés Trapiello, por ejemplo, o La vida interior de Darío Jaramillo, no hubieran sido posibles sin esas mujeres empeñadas en recuperar las palabras para nombrar la vida en los márgenes de la guerra o de la política, para nombrar lo insustancial.
El texto de Sandra Lorenzano es de esta estirpe. Su nombre, Saudades, es ya un desafío —una de esas palabras cargadas de matices de la tristeza y la nostalgia que no sabemos bien cómo abordar a pesar de la necesidad, cada vez más agobiante, de hablar de lo indecible. Y es que aunque parecería que ya hemos aprendido a decirlo todo, que lo hemos explicitado todo, este estado de comunicación constante, propio de la época que nos va tocando, nos sumerge en un mar de palabras que en realidad son cascarones que cubren como aserrín la superficie sólida y sucia del concreto que apelmaza lo que sigue sin ser dicho: el miedo, el deseo, el impulso, la necesidad.
La exhibición es solo una maniobra de distracción, una pantalla: se muestra todo y ese mostrarlo todo nos exime de la necesidad de buscar y de entender, de reunir el valor para tocar al otro, para reposar afectivamente al lado del otro, para hacernos a un sitio entre tu cuello y el hombro.
Pero Lorenzano no cede a la comodidad del engaño ni se deja intimidar por la sobreabundancia, que reconoce como lo que mayormente es: ruido. Opta por la quietud a pesar del imperativo de avanzar, y mira aquí y allá, en desorden, como en realidad miramos cuando estamos solo tratando de entender, despojados de la necesidad de convertir en un relato convincente lo que no es más que una colección de momentos e impresiones: La memoria es alforja repleta de astillas; olores, voces, rostros quebrados, gestos que conservan solamente el último vestigio de sí.
Lorenzano escribe Saudades como quien examina el contenido de una valija en donde otros han guardado objetos preciados pero sin dejar pistas sobre su valor. Y tiene la inteligencia de observarlos con el afecto, sin jerarquizarlos, con el propósito de nombrar el exilio, la condena devastadora a la errancia afectiva; pero también para aprender, a pesar de todo, a celebrar juntas la vida, para aprender a celebrar las espirales y el deseo.
Saudades es, en este sentido, un homenaje a la supervivencia, al heroísmo de las mujeres —el heroísmo de Antígona—, que no consiste en enfrentar la muerte sino en aceptarla. Y es por supuesto una novela sobre la guerra aunque no registre el estruendo de los ejércitos que avanzan sino el susurro de los pasos que se arrastran detrás, el llanto quedo de las víctimas del daño colateral, despojadas de su hogar y de su lengua, pero impedidas de detenerse porque habrá que conservar las fuerzas para vivir con lo que salvaríamos de un naufragio.
No tenemos que tomar aire para abordar Saudades, ni reunir fuerzas, porque este texto no quiere impresionarnos sino acompañarnos un rato en el camino, darnos una voz de consuelo, un momento para compartir tristezas. Es una novela que no está destinada a los anaqueles sino a la mesita de noche, como los grandes libros de poemas. Y allí tendrá una larga vida.

*Saudades, Sandra Lorenzano, Fondo de Cultura Económica, 2008