We don't need no education,
We don’t need no thought control,
No dark sarcasm in the classroom,
Teachers leave them kids alone.
Hey! Teachers! Leave them kids alone!
Another Brick in the Wall
Pink Floyd
(Letra de Roger Waters)
Las historias nacen de una necesidad,
de algo que alguien está buscando.
La ventana y la bruja
Triunfo Arciniegas
Asociamos la literatura infantil y juvenil con el gozo antiguo de oír historias y de contarlas, pero en realidad lo que llamamos hoy literatura infantil y juvenil es un invento reciente, que debemos más a los intereses comerciales de los editores que a las necesidades formales de los narradores. Su apogeo se explica por las campañas de alfabetización que nacieron de la mano de la expansión de la educación primaria en Europa durante el siglo 19, y a las cuales se sobrepuso, como era natural, el tema del fomento a la lectura, más con el propósito de educar a los jóvenes —o de adoctrinarlos, si hemos de atenernos a los consejos de san Agustín— que de conmoverlos y deleitarlos. Había que aprovechar el recién ganado acceso de los niños a los textos para defender los fortines morales de la época, y en ello se empeñaron los editores, conscientes de que este nuevo filón seguiría produciendo mientras los padres y los maestros no se sintieran amenazados.
Dentro de los límites impuestos por este triángulo inexpugnable surgió gran parte de la literatura infantil del siglo 20, y la colombiana no es la excepción. El desacostumbrado crecimiento que el muy modesto corpus de la literatura infantil colombiana —tímidamente encabezado hasta entonces por Rafael Pombo y por Víctor Eduardo Caro— experimentó durante las últimas tres décadas del siglo pasado no hubiera alcanzado las magnitudes que alcanzó (aun modestas, no obstante) de no ser por el impulso que recibió en el aula (con lo cual no quiero demeritar la tarea de los apóstoles de la lectura en el país), en donde a la enseñanza de un código moral se añadió la necesidad de apuntalar los valores propios del nacionalismo: al amor familiar, la solidaridad, la justicia, se sumaron las recién descubiertas tradiciones populares —muy adecentadas y dulcificadas—, la fauna local, la geografía nacional, todo sazonado con un poco de magia, un poco de fantasía y un final feliz y moralizante : creo que el salpicón define mal que bien la gran mayoría de libros infantiles y juveniles publicados en las últimas décadas.
Sin embargo, de este caldo de cultivo aparentemente tan poco propicio para la genuina creación literaria han surgido narradores geniales, escritores capaces de hipnotizar a su lector con un chasquido, de enredarlo en sus fabricaciones, de enamorarlo con susurros gratos. Triunfo Arciniegas es uno de ellos, y el encanto de su voz nos obliga a preguntarnos cómo ha logrado eludir el acartonamiento que aplana a tantos de sus colegas de estantería.
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Triunfo nació en 1957 en Málaga, “al otro lado del páramo, en el país del Sagrado Corazón”. Málaga, que según el censo de 2005 tiene poco más de 17 mil habitantes, es la capital de la provincia de García Rovira, en el departamento de Santander.
De Málaga, donde nací, tengo el recuerdo de las calles empedradas, las quebradas donde aprendí a nadar y las canciones de mi abuela. De Pamplona, donde papá decidió que continuábamos la vida, la niebla y las cometas.
De Pamplona, una ciudad más grande y un centro estudiantil de importancia en la región, salió para Bogotá (“la lluvia y los zapatos rotos”) a la Universidad Javeriana, donde estudió literatura (la licenciatura, primero, y después una maestría): a Marino Troncoso, maestro de tantos, dedicó Caperucita Roja y otras historias [Panamericana, 1996], en un gesto diciente de la importancia de su paso por allí. Cuando apareció su primer libro infantil, La silla que perdió una pata y otras historias [Carlos Valencia Editores, 1988], Triunfo ya había publicado un par de libros: El cadáver del sol [1982] y En concierto [1986], y en su hoja de vida figuraba una larga lista de premios literarios y menciones: de la Universidad de Pamplona, del Gato Encerrado, de la Fundación Testimonio de la Universidad de Nariño, del Taller Cultural Rimay de la Universidad Surcolombiana de Neiva, de la Casa de la Cultura de Calarcá, de la Ciudad de Pereira, del Taller Awasca de la Universidad de Nariño. La lista se engruesa y adquiere consistencia a partir de ese año y aunque más tarde desaparece de la biografía oficial, está claro que todos y cada uno de esos reconocimientos fueron importantes en la formación intelectual y emocional de Triunfo; apuntan, además, a la existencia clandestina pero sólida de una red de sustento de la literatura que sobrevive obcecadamente al margen de la institucionalidad centralizada en Bogotá, que devora sus productos pero ignora su efervescencia creativa. Y habla, casi grita, del espíritu inquebrantable del escritor:
Soy maestro de herrería, profesión que aprendí de mi padre pero que no ejerzo. He trabajado como zapatero, expendedor de una bomba de gasolina, portero de discoteca y maestro de escuela. Mi pasión es escribir libros: ya tengo publicados veinticinco.
La cuenta aparece en el epílogo de Las batallas de Rosalino —premio Enka 1989, finalmente publicado en 2002— y exhibe, sin falsos pudores pero también sin arrogancia, el orgullo de un hombre que sabe que está haciendo su trabajo con juicio, y que el uno por ciento de inspiración que le corresponde es efímero y frágil y no debe desperdiciarse:
Cierta noche regresaba a mi casa, en las afueras de Pamplona, cuando un señor se acercó a preguntarme: “¿Vio la vaca de Octavio?” Dije que no. Ni siquiera conocía a Octavio. La pregunta me hizo reír el resto del camino. Sobre esa vaca, que nunca conocí y que en mi mente se volvió de mantequilla, escribí la obra.
Ese brevísimo instante de inspiración se traduce en una obra terminada, pero solo después de años de un duro trabajo de albañil:
Escribí de una sola sentada la primera versión de Las batallas de Rosalino en Meissen, un barrio al sur de Bogotá, en 1988. [...] Volví a Pamplona y reescribí el libro en unos seis o siete meses. [...] En estos catorce años he hecho veinticuatro versiones.
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Así que la obra de Triunfo —que ya sobrepasa la treintena de libros, entre obras de teatro y novelas y cuentos para jóvenes, para los muy niños y para adultos, muchos de ellos ilustrados por el autor— es excepcional, pero no es milagrosa, y mucho menos azarosa. Aunque en este punto quizás no sea sabio descartar el poder de la magia en la vida de un hombre que anuncia en su biografía que es “Piscis y detesto los cumpleaños”, y que ha creado, a partir de una firma en el periódico, a uno de sus personajes más divertidos: la bruja Mavé, que guía el destino del gallo Cantaclaro en Las batallas de Rosalino:
En el salón de los espejos, vestida de plata y estrellas, Mavé preparaba una torta de chocolate. [...] Cantaclaro, desesperado, revisó todos los rincones de la casa porque quería un adelanto del horóscopo que Mavé escribía en la última página de Guía de estrellas.
Cantaclaro no es el único que lee a la bruja. Carmela, la enana pelona que se enamora de todo el mundo y que quiere conseguir un novio que la quiera para toda la vida, también la consulta:
Mavé contempló una vez más sus largas uñas, encendió su larga y fina pipa de carey y arrojó al techo un chorro de humo interminable.
—No pierdas la fe —dijo—. No abandones tus sueños. [...] Yo también espero que un hombre de bigotes negros llegue hasta mi ventana en un caballo blanco [...]. Una ilusión, tú me entiendes, que no se come pero alimenta. Mira el mar, ¿no parece que lo tienes en la punta de los dedos? De noche, dejo la ventana abierta y siento que viene a posarse a los pies de mi cama. El mar.
Y Rosita del Rosal del Rey, que trabaja en el bar de Lucy, sale corriendo a buscarla apenas se entera de la llegada de Juan Chicote. “No entiendo”, dice Mavé después de mirar las cartas, y suspira con resignación. No importa: el oficio de las brujas y de los poetas es crear realidades posibles, no explicarlas.
“Soy un imaginador, es mi oficio, un soñador que tropieza con la vida cotidiana”, dice de sí mismo Triunfo —y así tendremos que llamarlo, Triunfo, no solo porque está claro que el nombre fue su don de nacimiento y su amuleto para la vida, sino porque Lucy —la pecosa Lucy, la enamorada de Pepe Ratón, la dueña del bar de Río Seco de Todos los Santos— es la única que puede llamarlo por el apellido:
—Me enamoré —dijo Lucy—. Ese hombre es una belleza. Me dan ganas de pasar con él el resto de vida, Arciniegas.
¡Qué manía de llamarme por el apellido!
Mavé, Lucy, Rosita del Rosal del Rey son algunos de los habitantes del universo creado por Triunfo, un universo poblado además por vampiros, ángeles, gatos, dragones, mujeres veleidosas y hombres pusilánimes que comparten sus páginas con personajes robados a las narraciones populares tradicionales: Caperucita Roja, el Gato con Botas, Mambrú. Todos ellos se enfrentan a las vicisitudes como los seres comunes y corrientes que son, impulsados por el amor o por la vanidad, por la necesidad o por el capricho. Y el resultado de sus actos (¡cuando por fin se deciden a actuar!) no está regido por la tiranía de la moral, una cadena de causas y consecuencias irrompible, sino por esa mezcla impredecible que suele prevalecer en la vida de azar, esfuerzo, previsión y arrojo.
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Los personajes de Triunfo pasean en un cuento y en otro sin problemas, pero la mayoría nació, me atrevería a afirmar, en sus obras de teatro para niños —laboratorio ideal para la experimentación, de donde surge su muy particular tesitura. Lucy, por ejemplo, es la protagonista de Pecas y de Caja de lágrimas, y de Lucy es pecosa, la obra de teatro ideada en 1991 para los alumnos del grado quinto de la escuela Santísima Trinidad de Pamplona: “Luz Stella Lizcano, una pelirroja pecosa de diez años, prestó su belleza y su gracia al personaje.” Los prólogos de esta y de las otras once obras publicadas que Triunfo creo y dirigió entre 1987 y 1991 con los grupos de teatro de diferentes escuelas pamplonesas describen su método de trabajo.
Primero, su encuentro con los niños: del grupo de Monteadentro, con el cual monta Amores eternos en 1991, dice que “Este es el más difícil y pequeño de todos los grupos”. Triunfo trabaja a partir de su experiencia —con este grupo había escrito y puesto en escena El diablito rojo el año anterior—, que le ha enseñado que estos niños en particular “nunca se atrevían a improvisar”, que Gilberto Vera, “un niño difícil por no decir insoportable”, había resultado ser un actor maravilloso, que Alexander Conde se había estirado demasiado para un papel sobre el cual creía tener derechos adquiridos. Alrededor de estos niños de carne y hueso Triunfo borda sus textos a la medida.
Después, los primeros textos: en 1988, en busca de un tema para trabajar con el grupo La manzana azul, “les propuse la canción de Mambrú”:
La primera tarea consistió en reunir las distintas versiones y, a partir de estas, creamos una para nosotros. La copiamos y la memorizamos, nos pusimos de acuerdo en la música y le dimos palo durante más de dos meses. Una mañana, cuando ya era uno más de la clase, hablamos de Mambrú casi dos horas. Ahí nació la obra.
Sigue el libreto: del trabajo con El Aguijón, el grupo de teatro de la escuela Santísima Trinidad de Pamplona, nació La ventana y la bruja, un retrato mágico de la pobreza (según palabras del mismo Triunfo) que surge de los juegos de los niños, un jarrón partido y una caneca de plástico:
Ya con los actores seleccionados y los papeles asignados, escribí el libreto. Hicimos la lectura correspondiente en el cuarto encuentro, una y otra vez, primero sentados en el aula y luego en un inmenso salón...
Y para rematar, la puesta en escena: Después de la lluvia nace en El Escorial (y ya el nombre de la escuela es pura literatura), “de un trapo rojo, un vestido y un canasto de flores”: “Hacemos un teatro para pobres y utilizamos los elementos que tengamos a la mano. Si la escuela tuviese una escalera, seguramente ya habría escrito una obra para esa escalera.”
Para la mayoría de los escritores, el punto final indica que ha llegado la hora de respirar tranquilos, de tomarse un café, de relajarse al lado del fuego o en los brazos acogedores de un libro tramado por otro. No sucede lo mismo con el dramaturgo, que en ese momento debe asomarse a la cara de sus espectadores, que también en este caso son de carne y hueso:
La comedia nos permite seducir al público con más facilidad. Lo hacemos reír y ya lo tenemos en nuestras manos. Si lo llevamos con sigilo hasta el final, procurando que no se despierte en medio de la magia, el éxito es nuestro.
Falta, sin embargo, un rizo en esta recreación del aprendizaje del escritor, y es su desdoblamiento en espectador. Así describe su experiencia en el prólogo de Lucy es pecosa, escrita en 1991 para el grupo de teatro El Aguijón:
Al día siguiente, camino a una escuela, acordándome de situaciones del estreno, seguía riéndome. Los niños se reían en el escenario. El público se reía. El amigo de las luces se reía. Los amigos que vieron la obra se reían. No sé con certeza qué tan bien salimos, pero nos reímos mucho. La felicidad me interesa más que la sabiduría.
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¡Felicidad! Ese es el regusto (tan impreciso, tan inexpresable) que le queda al lector después de leer la mayoría de las obras de Triunfo Arciniegas, y que debería ser la única vara de medir la literatura infantil: un estado del ánimo que es más bien un estado de gracia y que no tiene que ver tanto con la alegría de que las cosas resulten como deberían ser, sino con la satisfacción que sentimos al descubrir que las cosas son como son, y así están bien.
Lo cierto es que la escritura de Triunfo no es particularmente alegre. Su tono es más bien melancólico —aunque en su caso el intento de uniformar es un ejercicio crítico inútil, porque lo que prevalece es la sutileza que domina particularmente bien a la hora del humor, siempre matizado, nunca caricaturesco, y que da siempre el toque final a los personajes y las atmósferas. En ocasiones es incluso brutal, como cuando el león que escribía cartas de amor acepta que no podrá seguir viviendo sin el ave del paraíso y se deja encarcelar para estar a su lado:
El descuido del barrendero que aseaba la celda le permitió acercarse a la casa de las aves. Saltó con todo su coraje y derribó la débil puerta de alambre y sorprendió al ave del paraíso en el más bellos de los sueños. Del suculento banquete solo quedaron las hermosas plumas, que el sol transformó en un fantástico incendio.
En realidad, Triunfo no nos ahorra (ni a sus lectores ni a sus personajes) ni una sola amargura, pero tampoco nos escatima el contento tonto, el de todos los días. Y puede hacer lo uno y lo otro porque ha trabajado hombro a hombro con sus lectores, ha dominado sus caprichos, ha reído con ellos, y sabe que no debe mentirles, que no puede suavizar, ni acomodar, ni endulzar si quiere que permanezcan a su lado. Por eso en sus historias no hay héroes —la primera batalla de Rosalino es contra un zancudo que lo pateó “bien duro”, como él mismo lo cuenta; y Pepe Ratón, el novio de Lucy, es un cobarde. No hay niños que deban superar pruebas increíbles —la bruja que acosa a los niños de La ventana y la bruja “tiene corazón y merece la dicha”, y el vampiro de La hija del vampiro solo quiere invitar a la mamá de Alejandro a cine. No hay amores perfectos —la seducción de Violeta por parte de Jorobailo en Amores eternos es una burla de los amores hollywoodenses, entre rubios de ojos azules. No hay enemigos imbatibles —cuando el pirata Natalión y el pirata Barbanegra por fin se enfrentan, deciden emborracharse juntos en vez de pelear.
En la obra de Triunfo hay guerra (El árbol triste) y hay pobreza, pero ni la guerra ni la pobreza se imponen sobre la vida. Hay parejas separadas, hay hombres abandonados, hay mujeres infelices, hay parejas improbables que se separan y se juntan, pero ninguno de ellos se esfuerza por sacar la realidad a sombrerazos de su vida (para poder vivir felices para siempre) sino que más bien le encuentran acomodo.
En la obra de Triunfo nada se debe silenciar, no es necesario encubrir nada: la belleza de las palabras es suficientemente fuerte para sostener la dureza de la realidad. En su compañía, podemos mirar el abismo y llegar a salvo al otro lado. Es lo que siempre le hemos pedido a la literatura, a cualquier edad.
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