El texto hoy
De lo oral a lo escrito
La aparición del lector obviamente está relacionada con la aparición y establecimiento de la escritura. Lo escrito conjura forzosamente a un lector, cuya naturaleza problemática ya es señalada por Platón en el Fedro. Eric Havelock describe así este proceso:
Se diseñó un conjunto limitado de formas lo bastante pequeñas como para ser trazadas por la mano [el alfabeto griego], que podían manipularse para formar grupos de formas [...] Por primera vez en la historia, la persona que podía aprender a leer de este modo era el niño. [...] La capacidad para adquirir ese reflejo dependía, en primer lugar, de que se limitara la cantidad de formas a menos de treinta para poder memorizarlas fácilmente y, en segundo lugar, de que se diera a las formas el poder de registrar sonidos lingüísticos de manera comprensiva y exhaustiva, sin que hubiera que adivinar cuáles eran los valores orales correspondientes.[1]
La oralidad, por supuesto, ha sobrevivido hasta nuestros días, y convive con la cultura escrita en una relación que Havelock describe como de “tensión creativa recíproca”, para concluir que “sólo en el siglo XXse ha cumplido por completo la lógica de la transferencia de la memoria al documento”. Se podría afirmar que hoy, por primera vez en la historia, la comunicación oral está siendo francamente desplazada por la comunicación escrita.
El paso del rollo al códice (que libera una mano y permite la simultaneidad de la lectura y la escritura), la separación de las palabras (que se empieza a practicar a partir del siglo VII), y la lectura silenciosa (que todavía sorprende a san Agustín) son prácticas destinadas a mejorar la relación entre el lector y el contenido, pues como bien lo afirma Iván Illich, “En la práctica la actividad de escribir fue privativa de los clérigos hasta bien entrado el siglo XIV”.
El asunto del texto es tema primordial en cualquier planteamiento curricular que se ocupe del oficio editorial. El habla, la producción de un discurso singular por parte de un hablante singular (según la definición de Saussure[2]), se convierte en texto cuando se pasa de lo oral a lo escrito. El texto, explica Paul Ricoeur[3], es todo discurso fijado por la escritura; y tiene la particularidad de que “solo es verdaderamente texto cuando inscribe directamente en la letra lo que quiere decir el discurso”. Al sustituir el diálogo y restablecer la incomunicación previa a la palabra, el libro separa en dos vertientes el acto de escribir y el acto de leer (el lector está ausente de la escritura y el autor está ausente de la lectura). Desde esta perspectiva, podemos afirmar que el editor es el encargado de restablecer ese diálogo. Además de la filosofía y la lingüística, la bibliografía—que se dedica a investigar, transcribir, describir y clasificar los documentos impresos “con el fin de constituir los instrumentos de trabajo intelectual llamados repertorios bibliográficos o bibliografías”[4]—fue la disciplina responsable de abrir el campo a la investigación en torno al texto. La bibliografía padeció un vuelco definitivo a mediados de la década de los ochenta gracias a los aportes de D.F. McKenzie, reunidos durante las conferencias Panizzi de 1985[5]. En ellas plantea, entre otras cosas, que la bibliografía debe ser descrita en la actualidad como “la sociología de los textos”, una definición que inserta la bibliografía en la realidad social al tiempo que obliga al bibliógrafo a redefinir el texto: I define texts to include verbal, visual, oral, and numeric data, in the form of maps, prints and music, of archives of recorded sound, of films, videos, and any computer-stored information, everything in fact from epigraphy to the latest forms of discography[6].
Roger Chartier, quien desde la historia se ha encargado de cimentar la investigación en torno a los asuntos editoriales, asegura que es labor del estudioso de los asuntos editoriales tratar de “identificar los efectos que ejercen sobre los sentidos las diferentes formas (impresas, manuscritas, orales) que se apropian de una misma obra.”
Aparición del editor
La aparición del tipo móvil y la modificación de la velocidad de la reproducción —cuando la reproducción del material escrito se trasteó del escritorio del copista al taller del impresor[7]— convierte al editor a finales del siglo XVen protagonista esencial en la circulación de los contenidos. From the very beginning, success in printing depended upon the perspicuous elevation of the editorial function. The commercial success of the printed book depended not so much upon the text it offered as upon the manner in which such a text was presented.[8]
Se ha hablado mucho de los efectos de la aparición de la imprenta. No obstante, afirma Eisenstein, “en torno a estos efectos no ha habido mucha discusión, no porque haya coincidencias en torno a estos temas, sino porque ninguno de estos efectos se ha planteado en forma explícita y sistemática. De hecho, todos aquellos que parecen estar de acuerdo en que los cambios fueron trascendentales, siempre se detienen a la hora de decirnos exactamente cuáles fueron estos cambios.”[9] Elizabeth Eisenstein es autora de uno los libros fundamentales sobre la aparición del tipo móvil en Europa, que se publicó en 1983. Desde entonces los estudios sobre el libro se han multiplicado, pero sigue habiendo imprecisiones y consejas donde debería haber datos y reflexiones serias en torno a la mediación del editor en la propagación del discurso, que dista mucho de ser inocente. Las formas de creación, producción y circulación de lo escrito y su relación con el soporte (tablilla, pergamino, tela, papel, pantalla), configuran el núcleo fundamental de la cultura escrita, el triángulo formado por el escritor, el editor y el lector. Con muy pocas excepciones, este triángulo ha permanecido inamovible; sin embargo, las relaciones entre estos tres vértices sí han padecido cambios, y también la relación del núcleo con la sociedad que lo rodea. Habría pues que subrayar la necesidad “de reunir en una misma historia el estudio de los textos, el estudio de los soportes y el estudio de sus apropiaciones”[10]. Por otra parte, como bien advierte Chartier, debemos resistirnos a la tentación “de considerar como universal e invariable la relación que tenemos con el libro y, en general, con lo escrito”[11]. Dicho de otra forma, el estudioso del libro debe mirarlo como texto, como objeto físico, y como producto de uno u otro grupo dentro de una sociedad determinada. El libro debe ser estudiado como hijo de su tiempo, para usar los términos de Peter Burke[12].
El autor
Si el siglo XV es el siglo del editor, el XIX es definitivamente el siglo del autor, gracias al Romanticismo y a la masificación de la producción de la prensa escrita, condición a su vez para la industrialización de la actividad editorial (industrialización que es la causa determinante en la masificación y homogeneización de los contenidos, propias del siglo XV). Hasta entonces, mal que bien, la tarea del escritor “se produce tradicionalmente al margen del trabajo ordinario [...]. Esta separación suele ser incluso perceptible en términos de ‘división del trabajo’: las castas consagradas a la producción simbólica se encuentran habitualmente ‘liberadas’ de participación en el ‘trabajo productivo’”[13]. Este escritor obligado a formar parte del aparato productivo es el que adquiere conciencia de su capacidad crítica, que empieza a ejercer desde la marginalidad. Entre otras, su creciente importancia será fundamental en la discusión, mencionada anteriormente, sobre el marco legal que sustenta la circulación del libro.
El fin de la edad del libro
La posibilidad de circulación digital de los contenidos que surge en la segunda mitad del siglo XX genera cambios que están por estudiarse en las relaciones entre los tres pilares de la cultura escrita. El más evidente es, sin embargo, la aceptación del fin de lo que George Steiner denomina la Edad del Libro[14]. Según Steiner, en la segunda mitad del siglo XXlas condiciones de su larga permanencia —la disponibilidad de un espacio silencioso e íntimo para leer, por ejemplo, o el acuerdo en torno al canon— estaban en vías de desaparición, y esa forma clásica de la comunicación que era el libro había sido sustituida por otros medios. La posibilidad de que ese momento llegara empezó a asomar en su momento de gloria, con la aparición del tipo móvil y la expansión de la imprenta, que acabó con el monopolio de la cultura libresca detentado por los monasterios durante siglos después de la caída del Imperio Romano. La imparable difusión del libro y de la alfabetización desde entonces hasta nuestros días ha ido acompañada de la alarma creciente ante la proliferación descontrolada de la información en un mundo en el cual todos saben leer y todos efectivamente leen. (Síntomas de esta alarma son, entre otros, el desarrollo de la literatura infantil y los discursos sobre la promoción de la lectura.) Y fueron definitivos el crecimiento y la consolidación de los medios masivos de comunicación: “Con el establecimiento mediático de la cultura de masas en el Primer Mundo y, más aún, con las últimas revoluciones de las redes informáticas, en las sociedades actuales la coexistencia humana se ha instaurado sobre fundamentos nuevos. [...] La síntesis social no es ya cuestión ante todo de libros[15].”[16] Para concluir, está claro que los procesos de escritura y de lectura han padecido modificaciones importantes como consecuencia de los cambios en el soporte. Estas modificaciones están relacionadas, a su vez, con el tipo de contenidos: de índole formativa, informativa o transformativa. Pero también está claro que la intervención del editor ha ido creciendo en importancia: de ser un copista fiel al servicio del escritor y del lector, ha pasado a ser protagonista fundamental en las decisiones de circulación de los contenidos. Considerado de esta manera, resulta urgente la formación de profesionales capaces de pensar el tema de la circulación de los contenidos desde una perspectiva que incluya no solo la participación activa de escritores y lectores, sino también las necesidades de una sociedad que debe concebirse idealmente como cada más incluyente y por ende cada vez más diversa.
El estado actual de la formación en el área del conocimiento, en los ámbitos internacional, nacional y regional
Programas de posgrado en estudios editoriales
La cuidadosa revisión de 24 programas relacionados con el tema en países de habla inglesa —23 maestrías y un diplomado (RMIT ofrece diplomado y maestría); 7 en Australia, 7 en el Reino Unido, 10 en Estados Unidos— y 19 programas en países de habla hispana indica que la mayoría hace énfasis en el desarrollo de las habilidades prácticas y analíticas necesarias para desempeñarse como un profesional en el área de la edición, y de las habilidades empresariales necesarias en el sector.
Sin embargo, empiezan a aparecer los posgrados que combinan la creación y la edición, o incluso maestrías como la de The New School, que se destaca porque efectivamente integra los estudios en historia y teoría de los medios con la investigación y la producción. Baltimore combina un programa de escritura creativa con edición, y una de las maestrías ofrecidas en Gran Bretaña se especializa en la publicación de textos legales.
También en los países de habla hispana prevalece lo que Joaquín Rodríguez, creador del desaparecido master en edición de la Universidad de Salamanca[17], llama “la metodología learning by doing [que] permite que la formación siga un hilo conductor en el que desde el principio los estudiantes adquieren un corpus de conocimientos teóricos al mismo tiempo que desarrollan una serie de destrezas prácticas, de manera que puedan poner en marcha sus proyectos editoriales exitosamente”. La Especialización en Edición de Publicaciones de la Universidad de Antioquia, en Colombia, no se escapa a esta tendencia eminentemente práctica, que se agudiza en el caso del diplomado en Producción Editorial de la Universidad Jorge Tadeo Lozano y su programa de pregrado en Tecnología en Producción Digital para Medios Impresos y Electrónicos. Es interesante, por otra parte, la opción que ofrece la Universidad Autónoma de Colombia a sus estudiantes de Estudios literarios, que pueden especializarse como “literato-editor”.
Este énfasis en la faceta práctica del oficio refleja la necesidad apremiante de profesionalizar el sector editorial: dicha necesidad surge no solo del crecimiento del sector provocado en gran parte por el crecimiento exponencial de los lectores y el establecimiento definitivo de la cultura escrita, sino también por el hecho de que la entronización del libro como producto de consumo (ya no solo como producto cultural) quiebra el método tradicional de aprendizaje basado en el sistema de maestros y aprendices. Refleja también, aunque en menor medida, la necesidad del sector de preparar a sus profesionales para hacer frente a lo que muchos en el sector perciben como la crisis provocada por la digitalización[18].
Rasgos distintivos del programa propuesto
Un programa en Estudios Editoriales debe ser concebido desde una perspectiva interdisciplinaria:
The study of book culture is so wide ranging as to be inherently disorienting. It has to do with written communication in its diverse forms and processes. Its practitioners think about the reception, the composition, the material existence and the cultural production of what is called the book only for lack of a better collective noun[19].
Además de la convergencia en el estudio del libro de la historia, la literatura, la bibliografía, la filosofía y los estudios culturales, en él también participan el estudio del diseño, la lingüística, el mercadeo, etc., fundamentales en el ejercicio cotidiano del oficio.
Un programa en Estudios Editoriales debe ser además transdisciplinario, que entiende el libro como un bien cultural cuyo estudio incluye, por ende, su incidencia en la sociedad que lo produce, y la incidencia de la sociedad en su producción. Ya lo dijo Robert Darnton[20]: “Every age was an age of information, each in its own way, and that communication systems have always shaped events”. Un programa en Estudios Editoriales entiende al editor como el mediador entre el lector y el autor. Para aclarar y matizar esta idea de “mediador”, vale la pena incluir aquí una descripción reciente y muy tradicional del trabajo del editor:
Al legajo pertenecen también siete piezas cortas, cada una de ellas con el título de Paseo. Todas ellas carecen de indicación con respecto a su ubicación en el libro [...] De este modo, los paseos del libro se han convertido en textos intermedios, y el editor es plenamente consciente del carácter subjetivo de su elección a la hora de situarlos en la obra.
Por lo demás, se han intentado mantener algunas peculiaridades de la escritura y la puntuación del original, incluso cuando violan las reglas vigentes, pero se han corregido cuidadosamente las que entorpecen la lectura. Se han eliminado los anglicismos que afectan de manera aislada a la ortografía y la puntuación. Se ha revisado y unificado la escritura de los nombres propios de personas y lugares, así como las citas en lenguas extranjeras, y se han corregidos los errores y erratas evidentes. Las fechas consignadas por Morgenstern se cotejaron con los documentos y otros materiales disponibles[21].
Revisión y unificación de la escritura de los nombre propios y lugares[22]; revisión de las citas en lenguas extranjeras; corrección de errores y erratas evidentes; cotejamiento de las fechas en el manuscrito con las fechas en los documentos y otros materiales disponibles; ubicación en el texto de siete piezas cortas sin indicación en este sentido: la cita da una idea bastante clara de la actividad tradicional que un editor debe desarrollar con un texto ya terminado, por así decirlo, y por ende de la compleja formación básica que debe tener. Pero esa es apenas una de sus tareas. Originariamente, afirma Hubert Nyssen —fundador en 1978 de Actes Sud—, “la escritura era por excelencia el lugar de encuentro de tres locuras: la del autor, que intentaba mediante ella formular lo íntimo de sus afectos y lo destilaba mediante su reflexión; la del editor, que al investirse e invertirse en la publicación quería obtener el reconocimiento de su perspicacia y el beneficio de su iniciativa; y la del lector, que esperaba encontrar allí respuesta o eco a este oscuro deseo de absoluto que llamamos incompletud.”[23] Quizás se deba añadir a las impresiones de Nyssen la afirmación complementaria de otro editor, Marco Cassini: Creí que podría repetir con facilidad la experiencia, qué se yo, del New Yorker de William Shawn, de la Olympia Press de Maurice Girodias, de la Shakespeare and Company de Sylvia Beach, de la City Lights de Ferlinghetti, del grupo Bloomsbury de Virginia Woolf, de la Paris Review de George Plimpton, de la Rivoluzione Liberale de Gobetti, de la Einaudi del trío Vittorini-Calvino Pavese ... Y fantaseando con aquellas irrepetibles experiencias ajenas, olvidé que un editor no es solo un apasionado de los libros, un animador cultural, un filántropo que dedica su vida a buscar un modo de aumentar la belleza del mundo, sino por encima de todo un empresario. ... ¡Un empresario![24]
Los estudios editoriales, además de la formación antes esbozada, deben ocuparse de la indagación en torno a las formas de actuación de estos tres actores (creador, editor, lector), y del estudio de sus interacciones. Siguiendo a Chartier, creemos que es indispensable “reconstruir el papel de los diversos actores en la construcción de sentido”.
Un programa en Estudios Editoriales debe entender que el soporte es una función del texto, y que es labor del editor abordar y entender los textos desde sus diversas funciones —formar, informar, transformar— con el propósito de lograr su objetivo de llevar el contenido del texto al lector.
Po último, no es posible ignorar la faceta del libro como bien de entretenimiento y, por ende, una producción que debe contribuir a desarrollar las industrias culturales: desde esta perspectiva es indispensable tener en cuenta las necesidades del mercado de las industrias culturales en lo que se refiere a la formación de profesionales en el campo de la edición (énfasis en el oficio). Hasta hace poco más de un siglo se mantenía vivo el hábito de que “las castas consagradas a la producción simbólica se encuentran habitualmente liberadas de participación en el trabajo productivo”[25]. Sin embargo, la situación ha dado un vuelco radical. En el seminario sobre la situación del sector cultural en Colombia que se reunió en Cartagena en septiembre de 2009, se afirmó lo siguiente: En el mismo momento en que se estremecen las bases del sistema económico, la Unctad y el Pnud publican su informe mundial sobre economía creativa (2008), que resalta la importancia de las industrias culturales y su peso actual en la economía de los países. A la vez que hace un llamado a restaurar la ética en la economía, a mejorar la regulación y los mecanismos de monitoreo y “lograr una mayor consistencia y coherencia entre políticas financieras, comerciales y monetarias a nivel mundial y […] una mayor coordinación en las acciones anticíclicas”.
Edna Dos Santos, coordinadora del informe de la Unctad[26], destaca los vínculos entre innovación, creatividad y economía, mostrando el papel del capital intelectual como insumo de las industrias creativas así como la relación de éstas con el desarrollo humano y la inclusión. Muy especialmente desde finales del siglo XIX, con la invención del cine, la cultura se encontró con las transformaciones de la tecnología, las lógicas industriales y las oportunidades de distribución masiva de sus productos. Y todo ello se ha convertido en un gran potencial económico, social y, sobre todo, simbólico. Por último, los estudios editoriales se deben abordar desde el eje creador / editor / lector, y los cambios esenciales que este ha padecido.
Estructura y organización del programa
A partir de la idea básica de que los editores deben manejar los tres vértices del libro (autor / lector / editor), y toda la cadena de producción de contenidos (ya se trate de texto o de imagen o de ambos), se plantea la siguiente estructura curricular:
I. El lector
1. Cómo se lee
Historia de la lectura, formas de leer, relación entre los contenidos y el soporte (del rollo a la pantalla)
La lectura desde la perspectiva de la neurología y de la psicología cognitiva
2. Para qué se lee
Formación, información, transformación
La promoción de la lectura
La lectura y el poder (apropiaciones de los textos)
La lectura del canon (las elites y la lectura)
3. Dónde se lee
Bibliotecas, escuelas, universidades
La lectura por internet
4. El editor como lector: Las lógicas del texto
II. El autor
1.Cómo se escribe: estudio de los procesos creativos
2. Cómo se escribe: medio y soporte
3. Desde dónde se escribe: la escritura académica, la escritura literaria
4. Función del autor: Científicos versus intelectuales[27] 5. El editor ante el autor: las formas del texto
III. El editor
1. Funciones del editor a lo largo de la historia
2. La corrección en la escritura
3. El diseño
4. Manejo de la imagen y la ilustración
5. La circulación del texto
6. El Estado y el texto: de la inquisición a las industrias culturales
7. Soporte y preservación (las bibliotecas entonces y ahora)
8. El editor al servicio del lector: edición académica, edición infantil, edición en red,